sábado 11 de julio de 2009

Fútbol colectivo


Una introducción:

Nos habíamos enterado todos del premio de Damián, por lo cual empezábamos a repercutir. Entre los textos en que abundábamos, hubo uno que sobresalió: “El gol de Damián” de Pedro Peña. Allí el autor continuaba devolviendo el pase que yo tiré al vacío en una ocasión, donde postulaba el surgimiento de una generación, que fuera visto con ojos cautos por los moderados. Sin embargo, algunos resultados concretos abonan mi osadía. En Talón de Ulises, se entra en el sutil terreno de la descripción psicológica de algunos integrantes mutuamente notorios de la generación, lo cual arroja como resultado que yo no soy nada sutil. La entrada del blog era notoriamente lúdica y complementaba lo ya dicho en el prólogo de “Mecanismos sensibles”, el libro mencionado por Banda Oriental de Leonardo Cabrera, tan maragato como el prologuista y también premiado en ese concurso, en su caso con el primer premio. En ese prólogo, a su vez, se sembraba la semilla del mito confuso que siempre debe haber. Es decir, me mencionaba a mí, una gentileza desmedida que se vio complementada por el hecho de convertirme en natural de Melo, ciudad que está unos kilómetros más al norte que la mía siguiendo por la ruta 8. Ahora mismo, en los preparativos para “El partido del siglo”, aparezco asociado a la palabra “Maldonado”, cosa que tiene algo de cierto porque va como un tercio de mi vida transcurrido por acá, lo cual yo mismo me he encargado de documentar mediante una credencial de plástico de serie DAA en vez de mi vieja FAA. Lo que sí queda más que claro es que somos todos del interior. Si quieren, busquen y verán que Valentín Trujillo (¿debo decir que también fue premiado por Banda Oriental?) es de los barrios con pinos de Maldonado, que Leonardo de León es de Minas y que Applecore no está tan lejos.
Como mencionaba Damián, un día nos encontramos y nos pusimos a conversar. Yo le manifesté mi vivo asombro por la precisión de las descripciones de nuestros perfiles futbolísticos hechas por Pedro, más que nada a partir de nuestra actuación lingüística. Me fascinó cómo uno termina siempre demostrando su personalidad cuando juega, con pelota, sin pelota o con palabras. Me preocupó el hecho de ser también un bruto escribiendo, pero de puro voluntarioso no me desanimo. Damián concordaba conmigo (él sabe que soy un bruto) y días más tarde descerrajaba la idea de que su ceremonia de premiación se viera amenizada por un partido de fóbal entre nosotros que transformara en algo físico la escritura del bloguista maragato. Ya están los cuadros. Se está definiendo la cancha. Se han hecho gestiones para conseguir duchas. Ya se cruzan provocaciones que atraviesan el ciberespacio. Se especula acerca de los miedos y los rendimientos. Abundan expresiones tales como “ya están cagados” o “cuidado con fulano”. Fulano soy yo. Parece que se han ventilado las antiguas historias de cuando yo era “El carnicero del Parque Batlle” y atendía a los atacantes rivales atrás de los eucaliptus. Dice que Heber Raviolo sintió un gran entusiasmo, que concretó en el auspicio al juego e incluso en que habrá premio para el equipo ganador.
Aquí vuelvo a las conversaciones con Damián, ahora por emeseene. Él me hablaba de los detalles, de las repercusiones, de Raviolo, del premio. Ahí fue cuando yo le puse algo así como que un premio muy interesante sería que los integrantes del equipo ganador tuvieran sus obras publicadas por Ediciones de la Banda Oriental. Agregué que, en ese caso, yo jugaría el partido como una final del mundo.
Todo podría quedar como una conversación boba. Sin embargo, visto que la idea de nuestras personalidades futbolísticas está desembocando en un partido puro y duro, hoy de mañana amanecí con una idea bien concreta. Escribir un libro de cuentos sobre fútbol. Aquí va el detalle: cada uno de nosotros escribiría un cuento.


Paso a la fundamentación:

-Tiene asiento sólido. Hay gente escribiendo, algunos ya con actuaciones comprobables. Tenemos ciertas cosas comunes, en las cuales no voy a abundar justo ahora pero que todos sabemos. Probablemente todos tenemos el fútbol más o menos metido en nuestras vidas.
-Estará el antecedente del partido. Seguramente la mayoría sobreviva al match.
-Hablábamos con Leonardo Cabrera de un cierto vacío que debe ser llenado. Yo insistía en que estamos en buenas condiciones para ocupar el lugar. Hay tanta bobada publicada y publicitada…
-La publicación colectiva permite a) alivianar costos en caso de pagar la edición y/o b) promover la existencia de una camada de gente que gusta de escribir y que tiene una pose distinta para la foto.
-El tema. Observando cuáles son los libros que tienen repercusión, se puede apreciar que suelen tocar temas de mucho interés, tales como personajes históricos, guerras, cosas que todo el mundo quiere, etcétera. Como es natural, no estoy proponiendo un decaimiento de la calidad y la exigencia artística, sino nada más que apuntarle a un blanco concreto. El fútbol es un tema legible por los que no están en la rosca de la literatura que son, a fin de cuentas, los que le dan de comer a los escritores (si sólo los escritores leyeran a los escritores…). Mediante el dorado de la píldora introduciríamos nuestro veneno.

Ahora, voy a los bifes. Cerraré este texto con unas bases, tipo concurso. Durante todo el rato que vengo escribiendo, sopeso la posibilidad que algunos digan que no. Calculo además que la visibilidad que le estoy dando a estoy pueda asustar a alguien, que esgrima protestas que hablen de mis modos bruscos o que vea obstáculos. A eso se le llama miedo. El mío, claro. No obstante, no puedo reprimir mi voluntad de hacer lo que estoy haciendo. Por lo cual, desde ya estoy invitando a todos a participar y a sugerir todo lo sugerible para que la empresa arraigue y fructifique.


Bases

a) Se escribirá un cuento cuyo tema ronde el fútbol. Se procurará que sea divertido y bueno (a partir de la discusión que apareció en la página de Fernanda Trías, que también está invitada). Y sí, vale citar a Borges.
b) Tendrá una extensión de 3000 a 5000 palabras.
c) Será enviado a mi casilla de correo, que creo todos conocen.
d) Plazo: me pareció que el 31 de octubre es una fecha razonable.
e) Sobre estas bases: Podrán ser mejoradas a partir de las sugerencias de la comunidad.
f) Sobre este autoimpuesto editor: No objetará la temática ni la calidad, en el entendido de que más fiero censor es cada uno de ustedes. Salvo que vea errores ortográficos, de tipeo, de sintaxis, etc. Con su permiso.
g) ¿Quiénes están invitados? Pudo haber sido dicho antes. Doy una lista preliminar, que puede ser ampliada a partir de las gentiles sugerencias de ustedes: Pedro Peña, Leonardo Cabrera, Leonardo de León, Damián González, Fernanda Trías, Jhonny Reyes, Valentín Trujillo, Fabián Muniz, Alfonso Larrea, y yo (como Carrasco, cuando era técnico y jugador). ¿Me olvidé de alguien? Proteste y lo incluyo.
h) La edición. Acá no tengo ideas muy claras, pero estoy seguro de que algunos sí las pueden tener. Se reciben aportes.
i) El prólogo. Hablaré con Aldyr.

Mientras voy cayendo al agua de panza, me dispongo a mi última tiranía. Lo siguiente: necesito que mi idea sea matizada y criticada. Y que las críticas y matices contribuyan al avance. Disculpas por la ilusión.
Un abrazo a todos.

miércoles 1 de julio de 2009

El análisis

(Aldyr Schlee tuvo que ver en esto)
Es una época para proyectarse. Tuve constancia después de haberlo hecho, claro. Esta época se me está pareciendo a la entrada al área, la zona de la "empanada", como dijera el rechoncho Walter Hugo, mi relator de la infancia. Me explico: cuando tenía unos dieciocho o diecinueve años corría irresponsablemente sin rumbo, con vehemencia y resultados adversos para mi rodilla izquierda. Ya con veinte, veintipocos, estuve internado en una burbuja experimental en la que me enamoré en condiciones de cautiverio y escribía poemas cacofónicos de poquísimas sílabas. Cuando salí de la burbuja quedé con forma de bola, pero sin manija. Trabajaba pero sin saber para qué y escribía del mismo modo que otros tienen relaciones casuales. Tuve la precaución de meterme en una nueva burbuja, más reducida ésta, merced a la cual hice una especie de abandono monástico que tuvo su punto cúlmine cuando un profesor de inglés que hacía negocios millonarios me amenazó de muerte. Opa. Precisamente ese fue el momento en que me di cuenta de que había armado mal mi jugada. Había hecho lo mismo que el Chino Recoba. Había agarrado la pelota y, a fuerza de algo de técnica, la había mantenido, pero ahora me tenían encerrado contra el córner. A eso le siguió mi renuncia. Que fue una renuncia a todo sentido, con la precación tomada de ir a trabajar a una sucursal de Sarajevo. Pero fui emergiendo de nuevo, ya a un juego de mediocampo más atildadito. Llegué a hacer algún intento ofensivo débil. Pero el otro cuadro, más experimentado, me encajó un puntazo en el ángulo del corazón. La defensa estaba distraída. Eso provocó la reacción. No había entrenado para perder fácilmente. Empecé a hacer subir los laterales, triangulando con los insiders. Puse un gol en las redes, que fue muy publicitado. Forcé otro partido, que estoy jugando con conciencia de que la pelota no puede caer en mi propia área así como así, no sea que me fallen los centrales medio torpes. Estoy practicando un juego ofensivo, dándole libertad y obligaciones a mis creativos.

Todo esto lo pensé a partir de que, después de hacer mi último envío (Consultas para la pieza número: RR270736013UY Envío ingresado pero aún no hay eventos para mostrar), me encontrara con el Archiduque e hiciéramos comentarios acerca de los puestos que ocuparemos en el partido de la década.

sábado 27 de junio de 2009

La enfermera (parte diez)

Quedé en una suerte de balanceo calmo. No había lugar para el miedo ni para el impulso. Algunos hablan de dicha cuando todo se detiene. No faltan los que encuentran la razón de su existencia en un solo instante luminoso, los que se santifican. ¿Qué es “todo”? ¿Se puede explicar eso? ¿Es narrable una visión en cuatro dimensiones apretadísimas y a la vez vastas? Casi todo se olvida. Casi todo lo olvidé, excepto una sensación de interconexión entre suceso y suceso que veía como algo nuevo. ¿Cómo explicarlo? Vi un sentido más allá del que yo venía pensando que tenían las cosas. Lo que yo sabía o creía que sabía estaba dado por una sucesión de hechos que iban formando un hilo o, mejor dicho, una tela. Sin llegar a tener nunca una percepción clara de para qué era el tejido, qué tenía que cubrir, si es que tenía que cubrir algo. Me parecía percibir los efectos de la mayor parte de las lazadas individuales. “Ayudamos” pensaba, “ponemos parches” me replicaba. “Somos libres” respiraba, “estamos presos de algo” pensaba en contraste. Pero esta vez no tuve ese ping pong. A partir de la ceremonia dejé de tenerlo. Comprendí mi sentido del mismo modo en que puede hacerlo un bichicome o un político. Tuve la percepción clara de los comienzos y los finales. Me quedó claro que, más allá de lo que venía creyendo, mi destino era hacer lo que hago ahora.
Apareció ahí. No sé si los otros lo vieron. Yo sí la vi y se me hizo claro que debíamos doblar a la izquierda. Cruzó la carretera con una velocidad lenta, como si se tratara de un sendero más del mato. Le vi los ojos de cerquita desde una distancia que podría estimarse en unos cien o ciento cincuenta metros. Creo que todos estaban mirando hacia abajo y en ese momento mi cabeza se levantaba. Lo dije. “A la izquierda”. Jacques no había preguntado todavía cuando apareció la onça. Cuando terminó de decir “Paulo”, el bicho ya había metido su cola entre la vegetación, escurridizo como todo felino. Respondí con automatismo que fue seguido de sonrisas. Me abrazaron. Tatiane me apretó la mano. Cuando la miré a los ojos, vi un detalle dorado en medio del iris verde en el que no había reparado. Subimos al camión, con la diferencia de que a mí me mandaron a la cabina, por si había que elegir de nuevo el camino. Almirzão, que manejaba, me confesó que nunca había transitado por esa ruta, que no era nuevo y que antes había trabajado como camionero hasta el día en que llegó de entregar un cargamento de pollos en Osasco y, sin pensárselo mucho, separó las llaves del camión de las de su casa, le soltó al jefe un “renuncio, no es por nada pero renuncio” que resultó inapelable y salió a caminar, sin rumbo pero con la certeza de que iba a alguna parte, no como le pasaba a bordo del camión, donde sabía con precisión a qué ciudad y a qué calle iba pero se veía como un poni de calesita. No experimentaba el sentimiento de libertad, ese de no tener una mujer todo el día, esa sensación que impulsa a muchos hombres a criar panza atrás del volante y adelante de los kilómetros. Se unió al grupo de una manera parecida a la mía. Se los encontró y pronto. Su madre había muerto, no tenía hijos ni amistades demasiado firmes. Y acá estaba de nuevo, a bordo de un camión, pero diferente. Yo había señalado su camino esta vez, a mí me lo habían indicado. La onça me lo había dicho claro.
La carretera se hacía más viboreante, más rural, lenta. Los apuros veían su límite. Pese a todo, los caminos venían siendo bastante convencionales. Cada vez más intransitables, cierto, pero llevaban la marca de la civilización, cosa que cambió después de una curva densamente poblada de árboles. Almirzão tuvo que frenar el camión de golpe porque el camino se terminaba contra unas piedras enormes y húmedas. Resopló con los ojos un poco desorbitados. Apagó el motor, dejó que respirara, respiramos. Sin mirarnos, abrimos las puertas para bajar. Los de la caja salieron. Exclamamos frente a las rocas. “Es aquí” dijo alguien, tras lo cual no se tardó en bajar las mochilas. Empezamos a trepar por el costado de las piedras, por un trillo apenas perceptible. Uno atrás del otro, con cuidado y agilidad. No había lerdos entre nosotros. Alguno podía parecer tosco, pero siempre la voluntad compensaba cualquier aparente dificultad. El camión quedaba atrás. Llevábamos lo puesto y poquito más. La escasa carga de las mochilas iba repartida de acuerdo a las posibilidades de cargar que tuviera cada uno. Más que nada llevaba lo que quedaba de comida y agua. Las otras cositas ocupaban poco lugar y tenían una encargada. Selva, aquello era selva. El rastro de los anteriores caminantes se evidenciaba con discreción, con las constantes intervenciones de vástagos rápidos y enredaderas poderosas. Lo que en otra parte serían tallitos de unos treinta o cuarenta centímetros, acá superaban con comodidad el metro. Era claro que llevábamos una dirección, aun cuando nadie daba muestras de saber cuál era la meta y yo, después de la onça, iba mirando a cuatro ojos buscando más señales de hacia dónde.
Ayudar consistía en participar en colectas de fondos para reparar daños sociales u organizar movidas sociales a favor de tales o cuales grupos vulnerables. En la Vila Presidente Obama, por ejemplo, teníamos organizadas clases y actividades para evitar la caída de la gente en el entorpecimiento. Convivíamos con el fracaso, hay que decirlo. Desembarcamos aquel día de la inauguración intentando lograr la consciencia de la gente, que en su mayoría nos miró como lo hacen las vacas cuando pasa un veterinario en camioneta. Logramos construir la sala comunal con escenario y varios chiches. Armamos varias clases, de las cuales la más exitosa fue la de fútbol. La mía de español superó poco su nivel de voluntarismo. Pese a mis esfuerzos, no sabía hacerlo muy bien. Y, de haber tenido virtudes docentes, tampoco tenía materiales ni interés claro de parte de los gurises, que no entendían para qué diablos aprender esas palabras que les hacían poner la boca rara. Ni siquiera mi propaganda sobre el fútbol español les dio ganas. Directamente, creo haber perdido así algún cliente a favor del entrenamiento en el dente-de-leite. En determinado momento, me quedaba uno, Zé Matias, que era gordito y eso le ayudaba a pronunciar mejor. Lo que sí convocaba gente eran los espectáculos. Se llenaba. Venían grupos de toda la región. Aparecían como hongos puestitos de crepes, espetinhos, dulces, bebidas azucaradas y alcoholadas. Se estimulaba el empleo, eso estaba claro. Funcionaba como cualquier emprendimiento, donde un capitalista pone la plata, organiza el espectáculo y allí se alimentan los negocios satélites, con la diferencia de nosotros no éramos un capitalista y trabajábamos por amor al arte. La cosa andaba, se ve que se hablaba mucho de los espectáculos. Como todo lo que crece, tuvo su punto de inflexión, en este caso cuando un grupo preguntó dónde les pagaban por la actuación. Nunca nadie habló de plata. Ellos habían olido que se movían cifras, por lo de la cantidad de gente. Tenían una especie de mánager, un tipo asqueroso como compete a la profesión, empezó a preguntar con prepos dónde era que se cobraba, que esto no es serio, que somos trabajadores, que yo respondo por ellos, tienen familias que mantener… Era panzón, usaba unos vaqueros negros que le iban apretados y una camisa con encajes a lo cowboy brasilero, “caubói”, medio desprendida para mostrar dos o tres pelos del pecho desprendido. No sé si llevaba las correspondientes tejanas. Nos vino a encarar a mí y a Jacques, que estábamos atrás del escenario con las camisetas puestas.
-¿Dónde está la plata?
-¿Qué plata? –fue mi pregunta automática.
-La de la actuación, obvio, no te vas a hacer el graciosito conmigo ahora.
-¿Y quién te dijo que esto era por plata? –terció Jacques
-Mis muchachos son profesionales, ¿te parece que iban a venir por amor a la camiseta?
-No sé por qué vinieron, nosotros jamás llamamos a nadie ni nadie firmó nada, los que vienen acá es porque quieren tocar, ni siquiera los invitamos, vienen solos.
-Te reitero, mis muchachos son profesionales y no me voy de acá hasta que nos pagues lo nuestro.
La situación era violenta. Pero la suerte se puso de nuestro lado, en forma de un negro muy grande de brazos cruzados y años de capoeira encima que descerrajó un “O quê?” gutural desde las alturas.

Después de caminar bastante rato, apareció una piedra pintada. No era escritura, o se trataba de una etapa previa. Tenía significado. No, no significado, tenía vida. Si se me permite, podría decir que se movía.

sábado 20 de junio de 2009

La enfermera (parte nueve)

Los dedos rosados empezaban a arañar el día del camión que ahora transitaba por una ruta secundaria, o que al menos así se me antojaba por lo angosto, más que la BR 116,y tal vez por las curvas. Por más que bien pudo ser cualquier ruta porque para mí el territorio era enteramente nuevo. Alguno ya traía los ojos abiertos. Tatiane dormía y yo me había despertado sin que el sueño dejara trazo. Nos rodeaban cerros y árboles. Cada tanto se veían casas y tierra roja. Me dejé llevar por el paisaje que, como todos, se asemejan al absoluto. Parece, desde el punto de vista del observador, que se tratarade una inmensidad que no puede sino ser así. Cuando se navega entre los árboles, no se concibe el desierto. De algún modo,sin haber visto nunca aquellas tierras, sentía una familiaridad tranquila con las ondulaciones, con ese camión cuyo toldo verde avanzaba pasando el Morro do Xoriri, con esos urubús que extendían las alas cerca de mí, con la flor da onça que se estaba abriendo con gotitas en los pétalos. Los dedos rosados desgarraban la noche con la rapidez del calor. Empezaba el incendio cotidiano y me lo respiraba a modo de desayuno mientras se iban abriendo los ojos como se expanden las hojas de las acacias después de la noche doblada. Nos mirábamos sin hablar. Tatiane también emergía. Nos tocábamos con una sonrisa.
El motor se desaceleraba. El paisaje se iba haciendo una cosa más quieta. El último ronquido venía antes del concierto de la mañana, con guarnición de olores. Paramos a un costado de la ruta, en una zona donde eran raros los autos. Fue tácito. Nos distribuimos entre los árboles a mear lo acumulado en la noche. Estiramos las piernas, los brazos, las espaldas. Yo, que era gaúcho, y otros que también lo eran nos tomamos unos mates para sorber la espuma del día. Se distribuyeron frutas para desayunar, y panes, manteca, leches chocolatadas que empezaron a salir de unas conservadoras que hasta el momento no había visto. Nos sentamos en rueda, para que circulara también el cachimbo con petá aromático. La canción empezó a salir de Jacques creo. Otro se le sumaba. Las mujeres, Tatiane incluida, ingresaban a coro. Me sumé aunque no conociera la letra, aunque no supiera distinguir donde empezaba una palabra y terminaba otra de ese lenguaje que se parecía tanto a un árbol que estaba frente a mis ojos. Todos formábamos una sola voz que se levantaba unos centímetros del suelo. Girábamos en torno al centro sin mover los cuerpos. Los urubús se movían en círculos más allá de un morro.
Sólo al otro día trascendería la noticia, que nadie tendría la suspicacia de vincular con los móviles en vivo de la madrugada, que nadie supondría relacionada con un florecimiento fungiforme de falsas alarmas distribuidas en los puntos más distantes del Banco do Brasil, cuyas alarmas no funcionaron, cuyos guardias fueron dormidos con éter en aerosol y cuyas cerraduras fueron violadas con delicadeza. Menos aun se relacionaría el más sonado asalto a un banco en los últimos treinta años con la construcción de centros culturales en barrios marginados, ni con la compra de libros y cuadernos para escuelas de estos barrios. Tampoco nadie supondría que Paulo conocía un capítulo más de esa vida a la que había entrado sin saber por qué ni para qué. Después de almorzar como a las dos y media de la tarde, recién despertados, se lo pregunté a Tatiane. Explicó que se trataba de la mayor operación de financiación que se había hecho. Llevaba mucho tiempo siendo preparada e iba a darnos una tranquilidad económica durante un tiempo bastante largo. No se habían descuidado detalles. Todo había sido planificado teniendo en cuenta hasta los propios corresponsales televisivos. Algunos habíamos hecho llamadas desorientadoras, otros habían roto vidrios o interferido en las comunicaciones policiales hasta puntos que la policía jamás podría admitir. En el momento álgido del caos, se había practicado la incisión quirúrgica en la sede del banco. Éter para empezar y una anestesia suave para tener seguridad. Cero violencia. A Cláudia le tocó ser una transeúnte bella y en apuros que pidiera colaboración al guarda munida de un escote suave. Jamás éste diría recordar nada, ni siquiera sometido a la investigación de rigor. Ahí entraba Tatiane con las jeringas descartables. Atrás venían los que se habían robado las llaves y las claves, que sin saberlo yo mismo había ayudado a quebrar. Lo había tomado como un juego que me ponía Tatiane para probarme. Porque ella sabía de mi pasado informático. Tal vez todos lo conocían y se habían puesto de acuerdo en que yo era nada más que Paulo. Quizá no. De repente, así como yo me enteraba de las cosas en fragmentos, tampoco los otros tenían una visión global del conjunto, cosa que alguien debía tener. El asalto era rapidísimo. No quedaban sombras ni huellas. La organización era perfecta desde todo punto de vista. No parecían haberse corrido riesgos. Y, si bien trascendía, lo hacía dentro de unos círculos cerrados que de ningún modo dejarían que se hiciera público.
-Sólo corrimos un riesgo, porque era preciso hacerlo…
-¿Cuál?
-Vos.
-…
-Porque era una forma más de que te integraras. Si hubieras fallado, no estaríamos aquí ahora. Te tocó una parte difícil. No sé si viste que la comisaría a la que llamabas estaba en la esquina del teléfono donde estabas. Tienen captor de llamadas. Si no hubieras salido con rapidez como se te dijo, te habrían agarrado y la operación se habría comprometido y vos... Pero yo siempre supe que no iba a pasar nada.
Paramos de cantar de pronto. Jacques habló.
-No sabemos dónde va a ser esta vez. Por eso paramos antes del cruce de caminos.
-¿Y eso? –preguntó uno –no tenemos cómo saber, si tomamos por la ruta errada nos vamos a la mierda, y mismo si agarramos la que es, ¿dónde es?
-Hay que preguntarle al camino –replicó Jacques.
Se hizo un silencio y Jacques habló de vuelta.
-Paulo, ¿izquierda o derecha?

miércoles 17 de junio de 2009

De madrugada


Son raras las veces que me pasa. Normalmente, tengo un ciclo más bien regular, prolijo. El insomnio no es una cosa de la que me detenga a hablar. Pero, mientras escribo esta precisa palabra, me doy cuenta de que estoy apretando los dientes, gesto fácilmente asociable con mi corazón latiendo como el de un pajarito en la cama que abandoné hace cinco minutos, presa de la más absoluta e inexplicable inquietud. En otros momentos, he conjurado el desastre mediante la escritura de algún poema. Vaya como ejemplo la ocasión en que, después de escupir un soneto, me dormí como un angelito y sólo me sobresalté un poco al otro día cuando descubrí que los versos eran todos de once. No voy a descartar que haya seres que no vemos, pero que no por ello se ven exentos de obra. Mismo ahora cabe la posibilidad de que no sea yo el que escribe. Lo digo porque hace como dos o tres horas estaba yo acá abajo, en este mismo lugar y frente a este mismo teclado y ella me hablaba como si yo estuviera arriba escondido a la espera de asustarla. ¿Fue en el espejo que le pareció verme? Un razonamiento prosaico hablaría del mate fuera de la hora acostumbrada, de que me pasé todo el día hablando, del té agregado al mate. Algo particular definitivamente puede estar pasando en la zona si tenemos en cuenta que por primera vez un equipo uruguayo clasifica a la semifinal de la Copa Libertadores y que mañana otro cuenta con la remota chance de emparejársele en un cotejo de cuyos antecedentes dudo.
Pero prefiero decantarme hacia la hipótesis de la deuda. La mía. La que viene de una inveterada desorganización que acumula papeles que deben circular y que trae la gravosa cola de no dejarme escribir. Que no me deja hablar de Italo Calvino, de Mario Delgado Aparaín, de Juan José Morosoli. Porque cuando leí “El vizconde demediado” pensé unas cosas que todavía no están claras pero que en parte tienen que ver con el hijo de puta de un librero que cuenta con mis radiografías y las usa como si fuera un gerente de supermercado. Hice un puente hacia un artículo de la revista Iscariote, en la que Llarvi calificaba a Horacio Verzi de “escritor demediado” y mi curiosidad era de dónde había salido esa palabra fea, un poco presuntuosa. Lo mantengo: yo que Calvino le habría puesto “dividido”, “partido” o, más a la moda, “bipolar”. Mas Delgado Aparaín le pone “Alivio de luto” a una de las mejores bellezas que he leído en mucho (me vienen a la cabeza “Seda”, “El perfume” y no sé si otras). Allí Esnal, un rubio flaco y desgreñado que se había pasado no sé cuánto tiempo encerrado tras el encarcelamiento de su amigo Milo Striga, decide un buen día apersonarse al milico mandamás y ofrecerse para dar clases de Historia Universal. Y resulta ser todo un fabulador que se las ingenia para meter a cierto linaje de su invención en todas las grandes hazañas. Esnal, que para mí sonaba a casa de repuestos de Treinta y Tres, ahora me suena a Llarvi, un nombre que un día encontré en los primeros renglones de una página izquierda de Onetti. Raro. Lo que se dice raro, cavilándolo con atención, es que me resulte tan llamativo el lenguaje de los personajes de Morosoli. De chico, leía los libros de Enid Blyton publicados por la Editorial Molino de Barcelona, traducidos al peninsular. Una diversión bárbara y un distanciamiento brutal, que contrastaban con la diversión bárbara y el acercamiento brutal de “Las aventuras de Juan el Zorro” de Serafín J. García. Claro, los personajes de Morosoli hablan igual a los canarios que siempre escuché en Treinta y Tres comprando curabicheras. Y soy uno de ellos. Claro, la lengua de Morosoli es una fiel retratista que se adapta a los pliegues de las sierras que esas gentes tienen adentro del alma. Lo conversábamos con Llarvi de tarde, sentados a la mesa de un lugar de cosas ricas, durante cierto período acompañados por una señora mayor que nos escuchaba hablar de lo que escribíamos y de los partidos que jugábamos hace diez años en una cancha de tierra, cuando a mí todavía no me habían amenazado de muerte y no sabía que la vida vivida sin gusto es como un fantasma opaco que, por falta de capacidad, sólo puede no poder.

viernes 12 de junio de 2009

La enfermera (parte ocho)

(esta historia continúa y continuará, hacia dónde sólo ella lo sabe, si es que lo sabe)
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Me preguntó si quería ir y me pregunté por qué no. Éramos a todas luces una pareja en la plenitud de sus funciones, sobre todo las que tienen que ver con la felicidad, sin descartar las responsabilidades, muy amortiguadas por pertenecer a un grupo. No estábamos solos en el mundo como cualquier buen burgués. Nos manejábamos con estructuras tribales. Si bien estábamos dentro de una sociedad grande –muy grande, de millones- reconocíamos como propios a los integrantes, que habían ido llegando como yo, o de maneras muy distintas, que es lo mismo aunque, mirado con ojo de cientista social, la incorporación de gente seguía unos caminos muy disímiles si se estimaba a partir de los caminos observables. Si le hubieran puesto una cámara espía a cada uno, habrían descubierto a un dentista de Ouro Preto que un día dejó la consulta, se divorció y se fue ; a un ex jugador del Avaí retirado de las canchas que supiera ser dueño de unas estaciones de servicio; un empleado de una inmobiliaria que siempre se había vestido muy social; a una enfermera que tuviera un novio médico y amante de la cerveza después del trabajo y de otra enfermera y que un día se alegrara sinceramente de verlo con la otra porque no soportaba más borracheras; a un profesor de física aficionado a llevar estadísticas deportivas y así. No habrían descubierto gente muy ignorante ni extremadamente partidaria de nada. Se habrían topado con jóvenes, medios y unos pocos veteranos. Algunos tenían niños. De haber hecho el test de cuán manipulables eran, los resultados habrían diferido algún quintil del promedio. Se habría encontrado que, a pesar de no decir a qué, todos se encontraban muy orientados. Los habría emparejado cierta austeridad en el vestir u otros hábitos tampoco tan llamativos. Entrar era tan fácil como me había sucedido a mí. Salir no lo sabía, no me interesaba. Pero se hacía bastante evidente que la gran mayoría de las personas del mundo no entraban, sin que se supiera que alguien hubiese sido rechazado. Sí coincidíamos todos en haber hecho un corte repentino en nuestras vidas, sin más trauma que unos pies cansados. Conversando, varias veces, me fui enterando de que unos cuantos habían visto cosas. De pronto les surgía a la consciencia haber soñado con estar vestidos de cierta manera o con encontrarse con personas amigas desconocidas, con quienes se venían a ver recién luego del pliegue en sus existencias. Por eso llevaba toda la semana aceptando manso el ritmo de vida al que me estaba sometiendo Tatiane. Reguló mis comidas en su calidad, cantidad y frecuencia. Me impuso que hiciera tal y cual ejercicios de yoga a esta y aquella hora, con una música determinada y en presencia del humo certificador de unos inciensos de no sé dónde. Fui sometido a unas imposiciones de manos que me provocaban extraños hormigueos. Por un instante, tuve el impulso de preguntar de qué se trataba todo aquello pero seguí inspirando con lentitud y expirando con la consciencia de que estás sacando todas tus impurezas y la idea vagó tan libre e ingrávida como un panadero como el buzo de lana que tenía cuando era chico de cuello redondo marrón con una rayita roja y otra amarilla dulce de leche con galletitas maría los ojos de Lía la media la mediana el sol en el Landoni con tangerinas… Esa tarde me dijo “hoje saímos” y tampoco pregunté. Subí al camión con los otros de tarde. El clima era distendido. Yo ya acostumbraba a estar enterado de qué tipo de operativo se venía. Cuando organizábamos actividades culturales extraordinarias no era nada que ver con las jornadas de financiación. La actividad previa, la concentración y evidentemente, las cosas. Al principio, directamente yo hacía lo que el grupo, pero a medida que fui siendo parte de la Ong, empecé a opinar y planificar como todos. Claro que algunos tenían más decisión. Era tácito. Pero esta vez ni nadie dijo nada ni yo alteré un centímetro mi voluntad de saberlo.
Se ve que el canal tenía periodistas de guardia prestos a salir a la calle al mínimo llamado. Al móvil en vivo desde la comisaría, empezaron a sucedérsele salidas al aire desde diversas partes de la ciudad. Yo no acostumbraba seguir la crónica policial, algo me enganchaba y no llegaba a darme cuenta de qué, ese mismo algo me tenía con una lamparita prendida que decía “atendé que acá está pasando algo raro”, mientras Tatiane no llegaba y experimentaba esa sensación que se filmaría con poca luz, un vaso y, en el siglo XX, habría sido acompañada por varios cigarros consecutivos. Los móviles decían cosas raras. No era el clásico robo, declaración de la víctima, a veces entrevistas al policía e incluso al propio delincuente. En el 17 de outubro se veía un hombre con cara de levantado de apuro, unos policías y un negocio intacto. El comerciante decía que había recibido un llamado advirtiéndole de que estaba siendo robado, los policías habían recibido la denuncia, el equipo de la tele había seguido los mensajes de la radio policial. En la otra punta de la ciudad, la historia se repetía con distintos pero intercambiables protagonistas. Otro caso era el vidrio quebrado de una joyería de la calle Schmidt, que a eso se había limitado ya que, según declararon unos testigos, el encapuchado tiró el cascotazo, se aseguró de que el vidrio se hubiera roto y siguió hacia otro comercio donde hizo lo mismo, y después de nuevo, hasta desaparecer. La calle ardía con cantos de alarmas. De alarmas vanas. Me pegué de mano abierta en la frente. ¡Qué tarado! Yo mismo había estado haciendo esas llamadas. Mis compañeros habían estado haciendo lo mismo que yo. Saqué la cuenta de cuántos éramos. A mí me habían correspondido cinco llamadas. ¿Cuántas le habían tocado a los otros? ¿Cuántas alarmas habrían activado los otros? ¿De qué noticias era responsable Tatiane?
El camión se alejó hacia el interior. BR 116 al norte. El viaje empezaba a tomar trazas de ser largo. Las actitudes así lo demostraban. La noche se acercaba. Se notaba que evitaban decir algo. Apenas si me daba curiosidad. Simplemente hacía lo que había que hacer. Eso es algo que en mi vida anterior no me habría permitido. Actuar sin cuestionarlo todo no formaba parte de mis respuestas anteriores a la manifestación en que subí a Tatiane a cacunda. Vivía de mi capacidad crítica. En un tramo de ruta que venía después de alguna ciudad, empezó a repartirse la cena. Todo livianito. Frutas. Agua. Comí con mucho placer y busqué el cuerpo de Tatiane para dormirme todo lo que quedaba de noche como si el motor del camión fuera una radio prendida que se va haciendo más distante cada vez.

viernes 5 de junio de 2009

La enfermera (parte siete)

A ver, después de decirles que esta historia continuará, van las dedicatorias. Uno, a Daisy y su situation comedy al mejor estilo de Seinfeld o el Negro Álvarez. Dos, a Silvio, un político sin nada para esconder. Me permito una reflexión: deberíamos ver a nuestros candidatos así. Bueno, los dejo con la solemnidad de la obra de este autor que, según un crítico literario, sale de los vestuarios con amarilla.
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-Somos una Ong diferente, –dijo con la voz cayendo tan plácida y bella como sus senos en descanso, pero más misteriosa – ayudamos a la gente a despertar conciencia, eso tratamos por lo menos, seguimos las enseñanzas de maestros poderosos.
-¿Por qué yo también estoy?
-Eso es algo que yo sólo puedo suponer, creo que saberlo en profundidad forma parte del trabajo personal tuyo. Lo único que yo sé es que sos muy lindo y quiero dormir siempre contigo.
-Eso último lo entiendo más pero lo otro, debo confesarlo, me confunde bastante. Esta misma mañana mi vida era completamente distinta y ahora me parece como si me hubieran cambiado de canal, como que yo fuera el mismo actor en una película que nada que ver. Vos, por ejemplo…
-Yo ya sabía que ibas a venir, soñé contigo hace varios meses, después de una ceremonia…
Sentí que mis músculos se movían hacia la perplejidad.
-Tomé la medicina y te vi, no, no te vi, te sentí entre mis piernas.
-¡Opa!
-No, no es lo que pensaste, me levantabas y yo hablaba con un megáfono, como hoy de mañana, incluso supe que te ibas a llamar Paulo y que venías del sur, aunque nadie se diera cuenta.
Me quedé tan callado como una esponja. Mis pulmones subían y bajaban. Una mujer hermosa entraba por todos mis sentidos. Esa era toda mi vida. Un leve cosquilleo eléctrico entraba por las plantas de mis pies. Me pareció que ella hacía unos movimientos particulares con las manos. Me deslicé rápido hacia el sueño.
La misión era precisa. La pude cumplir sin dificultades, por más que no tuviera una noción clara de cuál sería su cometido. En unos veinticinco minutos ya había hecho todas las llamadas. Lo lógico era simplemente irme a la higuera. Dónde estaría Tatiane. Como ella no llegaba, me despatarré frente a la tele. Aunque tiene todo de malo, tiene todo lo que hace que mires un programa de televisión. Es algo infantil. A los niños les gusta ver pelotitas que se mueven de un lado para el otro, sonidos rápidos que vienen de uno u otro lado. Para nuestro niño interno, ahí están la figura paterna y la materna. El hombre canoso, que siempre habla primero y se encarga de la ley y la política y la mujer seria y dulce, que baja los párpados después de la sangre. A toda hora están. Antes se limitaban a la edición central, después de la novela, y a la del almuerzo. Pero la pasión por informar y por poner los programas que a la gente le gustan en los canales pagos ha llenado el horario de informativos y relámpagos informativos, que dan la sensación de estar siempre con el ojo en el huracán. La consigna es “aqui, agora”. Igual cortan un programa para dar cualquier noticia chota. Los únicos territorios sagrados son los partidos de fútbol y la novela de las ocho, que es a las nueve. A esas horas nunca pasa nada importante. Pero, como a las dos de la mañana, siempre está aconteciendo de todo en vivo, conectados directo con las comisarías. Da la impresión de que algunos de los delegados[1] tienen contratos con el canal, cosa que no me asombraría nada si un día la cadena de la competencia destapara el tacho. El delegado Cunha se veía indignado. Normal. Pero tenía la cara de “me están tocando el culo y estoy re caliente”. Eso me interesó. Gesticulaba mucho, como matando a piñas el aire. Subí el volumen. Reforzó con sus dichos la tesis de que cobraba más del canal que del Estado. Dijo que en esos momentos la central estaba en el mayor descontrol. “Fuerzas del orden en caos” decía el titulito de abajo. “Ao vivo” decía arriba. “Tenemos todos los autos en la calle, no nos quedan efectivos aquí, estamos llamando refuerzos lógicamente, pero a esta hora están durmiendo o no atienden los celulares, aprovechamos la colaboración de la RDC para hacerle llegar a los efectivos la orden del jefe de policía del Estado de que todos deben presentarse en sus respectivos puestos…” Seguro que arqueé las cejas intentando comprender qué clase de conmoción podía estar sucediendo.
Tatiane tenía la higuera adjudicada porque era enfermera, además de profesora de yoga. Era el punto más céntrico y secreto de la ONG. Era una escala tranquilizadora para quienes quisieran aislarse por algunos momentos o incluso tuvieran alguna herida. Estaba para verse cuál sería mi lugar, en qué engranaje me tocaba hacer no sé qué cosas. Además de querer estar desnudo con ella a cada momento, rebosaba una espiritualidad que nadie discutía. Le tocaba restañar tristezas y curar heridas. Éramos un punto de abastecimiento, razón por la cual teníamos una segunda heladera llena de víveres comunitarios, además de un guardarropas. Eso iba en cierto desmedro de la privacidad, pero una vez conocidas las costumbres de la gente, se notaba bien fácil a qué hora nunca llegaba nadie y cuándo caían todos juntos. Fuimos aprendiendo el arte de echarnos uno emocionante en el filo del horario, cuando podía llegar alguien de improviso. Cerca de la puerta, con la ropa lejos. Pero no me avergonzó la vez que llegó Cláudia y nos encontró conectados. Algo que fui incorporando fue la liberalidad, la convicción de que el amor no da vergüenza y el cuerpo tampoco, la certeza de que nada es más auténtico que una hembra cuando por ella algo se desliza.
Me di cuenta de qué pasaba, de por qué el delegado decía esas cosas tan nerviosas.
[1] Nota del A.: comisarios. Y, ya que estamos, la comisaría es la delegacia.

martes 2 de junio de 2009

Sobre Llarvi

El otro día pensaba sobre las cosas que no llegan, a raíz que que la diaria se había atrasado varias horas respecto a su hora habitual. Había andado paseando, según me dijo el diariero. Me venían a la mente unos libros de Banda Oriental que sin embargo no me venían a las manos. Especialmente, añoraba leer “Mecanismos sensibles” de Leonardo Cabrera. Y me llamó mi madre de Treinta y Tres, diciéndome que había llegado un montón de libros.
Arreglado el envío, en una caja cuadrada llegaron todos. El de Leonardo, dos de Delgado Aparaín (una de mis debilidades), uno de Omar Prego sobre Onetti (que anoche me incitó a la escritura de un poema descontrolado, ya publicado donde corresponde y bellamente ilustrado), entre otros. “Mecanismos sensibles” duró una sola tarde deliciosa. “Vagabundo y errante” de Delgado Aparaín me arrancó risas cada dos por tres y cuando quise acordar se había esfumado. Agarré el de Prego, bastante parecido a una biografía y muy entretenido, amén de ilustrativo.
Hoy entré a esta página, más que nada para sintonizar mi radio favorita. Y, en la lista de blogs, vi que había una nueva entrada en tArTaTeXtUaL. Siempre abro rápido porque me parece que es de lo mejor que se puede leer. Así nomás, en general. El peludo escribe muy bien. Su destino es sin dudarlo la literatura, pero una de esas literaturas que llueven como una cerrazón sobre la realidad, envolviéndola como un náilon de ese que viene en rollos, mostrándola pero más brillantecita y conservada. Y resultó que el degenerado, así como puso que se había muerto Benedetti, va y pone que se ganó el Premio Nacional de Narrativa. Y yo que vengo de la contentura del Pichichi, y de que Defensor le ganó a Boca, y que perdió el cuadro de Cristiano Ronaldo, no sé muy bien qué hacer. Pero bueno, a mí no me toca hacer nada. Sólo aplaudir, al tiempo que voy pensando en cosas que no llegan, pero que llegan.
Sería canallesco en este momento aprovechar para reflotar mi vieja idea (plasmada por Pedro Peña en el prólogo de “Mecanismos sensibles”) de que estamos frente al surgimiento de una generación de escritores, sobre todo teniendo en cuenta que el ganador del premio se declara detractor de tal postura.
Qué bueno, ¿no? Muertos los análisis que ni siquiera hice, queda una sensación contenta.

viernes 29 de mayo de 2009

La enfermera (parte seis)

Estimados: esta es una entrega más, no la última, de este texto que se me ha impuesto. Los invito, además, a ver la versión embellecida de Orgasmos en los ojos y a conocer la nueva sección de este Chorizo, que comienza con un relatito sobre el tránsito y se ubica en la barra de la izquierda. Recomiendo calurosamente que, en el sintonizador de radios, pongan MPB de Brasil. Viene bien a la lectura de lo que ya viene.
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Sentí que algo me quemaba en el muslo derecho, poco más arriba de la rodilla. Era una niña de unos seis años que fumaba torpemente. “Me estás quemando” le dije como una suerte de reflejo defensivo que ella no pareció captar porque enseguida aproximó peligrosamente el pucho de nuevo. Pude esquivar la brasa bajita sólo porque estaba atento. Esa atención también me permitió estudiar las facciones algo leporinas, dueñas de unos ojos sin más expresión que “estoy fumando”, el énfasis que ponen los que sólo respiran. Tenía el pelo amazacotado, pardo. Pensé que, de acuerdo a las previsiones, cerca del año 2300 sus descendientes profusos ya no estarían más bajo la línea de la miseria. Dudé un poco que las acciones de nuestro grupo pudieran contribuir al objetivo, como pensaban fervientemente Zeca y Jacques, que resultaban muy convincentes para la mayoría. Incluso, esa niña fumadora era un caso casi perdido si atendíamos a las estadísticas. El 2300, un año luminoso en que no quedarían personas analfabetas ni hambrientas… 2030 era el número que se dibujaba colorido en las camisetas, no sé si por una dificultad en la lectura de números o por lisa y llana mentira propagandística. Y, seguramente, 3000 sería un número más realista, eso habiendo tenido la precaución de creer que el ser humano se haya mantenido vivo y no haya volado el planeta en mil pedacitos atomizados. Me daban ganas de abandonar esta vida y refugiarme en un pueblo chico de alguna sierra, viviendo de una quinta en el fondo de una casa mínima. ¿Qué pasaría si todos hiciéramos lo mismo? ¿Y Tatiane?
Después de hacer el amor, nos bañamos juntos, lo cual no pudo sino derivar en otro episodio introductorio, en el improvisado espacio del lavatorio, que supo ser fiel pedestal para los embates. Nos bañamos de nuevo, esta vez con más probabilidades de que fuera definitivo. Todavía no había conocido el cuarto, adonde me dirigió de la mano. Iba atrás de ella gozando con la visión de su culo precioso, de la cintura, del sector anatómico del hombro y alrededores. Entramos al cuarto. Prendió una lámpara verdosa que iluminó el buen gusto reinante. Llamó mi atención que no hubiera ventanas y la forma irregular de la habitación. Hice un repaso mental a raíz del cual no surgieron ventanas en el otro ambiente. La mirada pasó de ser circular a esférica en la búsqueda de aberturas. Vi estrellas apretadas justo encima de nuestras cabezas, donde había una especie de ojo de buey por el que también se divisaban ramas, hojas.
Había terminado la clase de español de ese día, con los tres gurises que seguían yendo. Esa noche teníamos actividad en la plaza de la Vila Presidente Obama. Después de despedirme con un “ásta la próksima kláse” de cuidada fonética junté el libro de inglés que me servía de modelo y unas hojas en las que Marcos, Edílson y Kevin habían hecho unos ejercicios. Iban a prepararse porque había ceremonia de capoeira, la que organizaba Hernani, el baiano. Después venían los otros shows del sábado. Unas bandas de la zona, que habían empezado a aprovechar la situación para proyectarse. Y cada vez venía más gente. Eso me hacía dudar si eran de otros barrios o si la población de la Obama ya estaba aumentando, pese a que iban unos escasos meses desde su fundación. Me tocaba ayudar en el armado del escenario, por lo que tenía que juntar todo rápido. Creo que fue mientras juntaba las cosas en mi bolsa con un gesto ya mecánico y preparándome para la próxima actividad que sentí que se trataba de un trabajo en toda regla, exceptuando claro los aportes al fisco y a la previsión social. A lapsos regulares llegaba una plata que se repartía. Y a mí siempre me tocaba una cantidad similar, a la que cualquiera habría llamado salario. Magra, es cierto, pero con eso vivía. Conseguíamos fruta con unos feriantes que adherían y al resto de las cosas las comprábamos entre todos en el mayorista y repartíamos. El padre de uno tenía un comercio. De ahí obteníamos el número de comercio y otras cosas necesarias. Lo que nos sostenía de verdad era la cohesión del grupo, más que los objetivos o los ideales. Éramos pocos, nos habíamos visto las caras a la luz del fuego. Nos queríamos, a qué ocultarlo.
Me tiré panza arriba. Ella se apoyó sobre mí. Jugueteé con el pelo. “Que nao seja imortal posto que é chama mas que seja infinito enquanto dure…” dejé caer, sin miedo a que fuera un lugar común. A veces por algo son comunes los lugares, especialmente al sentir algo incomún. Me cantó una parte de una música de Gian da Costa, que pasó a ser mi favorito hasta que lo escuché y dejó de gustarme. Tatiane tenía una de esas voces roncas y claras cuando cantaba. El cuerpo limpio ayudaba. Tuve tiempo para leer las paredes, que en algunas partes parecían de madera en estado más que natural. Me pareció ver algún adoquín lleno de tierra inclusive. Los dejé permanecer en mis dudas, ya que no tenía sustancia alguna a que atribuirle la autoría de alucinación alguna. No me dormía. Disfrutaba del momento suave. A fuerza de lentitud, se me paraba. Rato después, un poco más agotados que antes, sabíamos cosas y yo todavía no sabía nada.
Esa noche, después del show, estaba prevista una actividad de la que no me habían comentado nada. Yo todavía estaba en período de pruebas, según me enteré más tarde. Se percibía el nerviosismo. Nos habían dicho que nos preparáramos para una jornada larga. Pensé que ya con el espectáculo era lo suficientemente larga. Pero, cuando terminamos con los equipos y la limpieza, en la que colaboramos, llegamos a una especie de reunión en el galpón del centro. Algunos de los veteranos tenían listas con nuestros nombres que formaban equipos. Eso era habitual, aunque la organización solía ser mucho más espontánea. En este caso, mi equipo, que incluía a Tatiane salió de ahí. Éramos seis. Arrancamos por la calle que iba hacia el centro. Seguíamos a Hernani, el veterano que había venido con nosotros. Doblamos dos o tres veces, asegurándose él de que no seguía nadie nuestros pasos. Por fin, después de varias cuadras, nos juntamos en una plaza. Fue todo rápido. Nos repartió unas hojas, dijo que leyéramos y nos fuéramos. Dijo chau y salió caminando por una calle iluminada. Mi papel –no sé los de los otros- tenía pegada con cinta adhesiva una tarjeta de teléfono. Las instrucciones decían que tenía que ir a una determinada cabina de teléfono, que debía llamar al número de la policía que me daban y el mensaje debía ser que había sido asaltado. Después, tenía que ir a otra cabina, llamar a otro número y decir que habían robado no sé qué comercio. Así, hasta completar cinco llamadas.
Conversábamos de nuestros gustos musicales, de lo que queríamos de niños, de los libros que habíamos leído. De fútbol, de teatro. De los lugares donde habíamos vivido. Yo sabía que sólo ella sabría que yo era otro antes de ser Paulo. Y ella era la única a quien yo podría preguntarle lo que ignorara.
-¿Dónde estamos?
-¿Viste las ramas?
-Sí.
-Bueno, estamos en pleno centro de Florianópolis…
-…
-Debajo de la higuera de la plaza.
-¿En serio? No te puedo creer.
-Es centenaria, como los túneles.
-…
-Sólo nosotros sabemos que existen algunos pasajes.
-Y…¿quiénes somos nosotros?

martes 26 de mayo de 2009

Día del libro

Agachado: el mítico Luis Pereira
MALDONADO
Rody Silva
Con ocasión de los festejos del Día Nacional del Libro y en el marco de los interminables homenajes a Mario Benedetti y a Idea Vilariño, se llevó a rabo –que no a cabo- una carrera de postas de lectura en la Biblioteca Municipal (bueno, dos, porque hubo de mañana y de tarde). Participaron alumnos y docentes del Liceo 5 de Maldonado, Schubert Míguez, Ana Claudia Sánchez, el Negro Pereira, el Pájaro Di Leone, el intendente interino Pérez Morad (cuya lectura fue aplaudida por la mitad mientras daba cumplimiento a la quinta iteración de la anáfora “el sur también existe”, que fuera leído unas seis o siete veces, si se lo considera a él, a los niños de una escuela, una estudiante de profesorado, etc), la Directora de Cultura Carmen Suárez, los ya mencionados niños y a un profesor pelado (que, en la mañana y sin cámaras) descerrajó un cuento de caca de Ignacio Martínez que motivó espontáneas manifestaciones de adhesión de la platea, desde donde se oían alaridos que la grabación del celular con mp3 de una adscripta identificó como “propio”, “descansó” y “aaaahhhhh, se re cagó.”
Al respecto del encuentro, el alumno Máiger Fleitas comentó al Chorizo que “profe, cuando veníamos vimos un gato masticando un libro”. Agregó la alumna Deyanira Benítez que “estuvo zarpado cuando se metió el perro sarnoso ese negro y lo corrimos con los gurises contra el espejo y casi la tiramos al piso a la de Geografía “.
Desde la comunidad educativa se valoró positivamente la jornada, ya que varios profesores se vieron liberados del dictado regular y agotador de sus clases. Desde tiendas mercantiles hubo no obstante voces críticas en torno a la salida didáctica ya que “en función de la carencia del público objetivo durante los segmentos horarios clave (los dos recreos del medio) la ganancia –ya menguada por otra parte- cayó en el orden de los cincuenta y cuatro pesos” según declaró Angenor Riboira, cantinero del Centro Educativo.
Cabe destacar que el proyecto fue autofinanciado, no contando con apoyo alguno de agencias aeroespaciales extranjeras.

sábado 23 de mayo de 2009

La enfermera (parte cinco)

Se dedica a Ossores, ese reo.
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Sólo la calle vio como Tatiane y yo abandonamos el galpón y empezamos a caminar. Salimos juntos sin que nada se dijera. Algo hizo que nuestra conversación fuera tácita pero eficiente. Yo pensaba que no tenía un lugar para quedarme a dormir ni nada. La seguía. De algún modo, me sentía invitado. No caminamos mucho y ninguna imaginación pudo prepararme para la llegada a su casa. Entramos por un fondo que ocultaban unos árboles. Sólo se veía un paredón cubierto por una enredadera de hojas canadienses, hacia el cual ella enfiló derecha. Metió la mano entre las hojas para abrir la puerta oculta. Llegué a ver que las guías de la enredadera estaban cuidadas de modo que no entorpecieran la apertura. Después, entré. No había luces en el pasillo, por lo que tuve que caminar muy cerca de ella, sintiendo a narina llena el olor a mujer. Recuerdo que esa vez me sorprendió el recodo porque venía distraído. Casi me reviento contra la pared. Me rehice y me reincorporé al camino. Hasta que llegamos a una puerta de madera, que ella abrió con automatismo. Prendió la luz. Lo primero que vi fue un tapiz con motivos hindúes y una estatuita de Ganesh. No me indicó dónde dejar mi abrigo porque no lo tenía. Me senté. Tenía que dejar que el día decantara. El incienso floral que prendió y fijó en la trompa del dios contribuyeron a que me distendiera.
Creo que cerré los ojos. Perdí la noción del mundo durante unos minutos. De pronto ella estaba ahí, recién salida de la ducha, desnuda. Tenía las tetas firmes, coronadas con dureza suave. A la distancia justa, se avizoraba un matorral domesticado. El hecho de que estuviera peinándose el pelo mojado le daba un aire todo natural. Estaba volcándoselo hacia un lado cuando mi mirada se cruzó con la de ella provocando una sonrisa. Una vez más perdía la noción del mundo o, mejor dicho, me daba cuenta de lo lindo que puede ser.
Tal vez me acordé de todo porque unas personas hablaban de dar clases de español. Si bien lo mío había sido la informática, que no tocaba hacía ya mucho tiempo, consideraba que podía dar una mano en eso. Sin embargo, me mantuve callado. Hacía años que no hablaba una palabra de español, tal vez incluso lo hubiera olvidado. Había puesto en un cajón que no se abre muchas de mis antiguas costumbres, tanto que ni siquiera se me despertaba la ansiedad cuando veía uruguayos con el termo y el mate por las calles de la capital. Solamente me iban quedando silencios imposibles de rellenar cuando hablaban de cosas de la infancia. Mis cuentos de hadas guardaban el recuerdo de unos chanchitos de apellido Cattivelli y de un lobo llamado Inac. Mis padres les ponían nombres locales a los personajes clásicos, cosa que extendían incluso a mis muñecos, como aquel oso de peluche que había recibido el nombre de un secretario de la intendencia del pueblo que confundía lo público y lo privado, el Pocholo. De fútbol no fue demasiado difícil y de música aprendí con rapidez asombrosa. Llegué incluso a arriesgar unos pasitos duros que no desentonaban con el promedio. Declaré que se me daba mejor el rock. No me faltaban letras de los Engenheiros do Hawaii de memoria y entonadas. No extrañaba nada y ahora me daban unas ganas locas de darles clases de español a los niños de la Vila. Busqué desesperadamente una solución a mi angustia. No quería mentir pero por una buena causa podía llegar a inventarme algún curso en mi ciudad natal, de la que nunca hablaba pero perfectamente podía ser Rio Grande o São Borja. Diseñé mentalmente cuál sería mi conversación con ella. Saqué la cuenta de que tendría que tendría que hablar con acento, quizá ni siquiera pudiera evitar hacerlo, recién me paraba a pensar que mi lengua original pudiera estar irremisiblemente lusificada. Quién dice que la lengua no se transmite mediante la saliva u otras fuentes líquidas. La cerveza, claro, te hace hablar diferente.
Uno no sabe qué hacer frente a ciertas situaciones. Yo, en ese caso, me sentí inmediatamente sucio. E inevitablemente excitado. Ya me venía dejando llevar y no parecía dar malos resultados. Tenía los brazos cruzados y los solté hacia los lados. Dejé ver el bulto que acababa de crecer hacia el costado izquierdo, apuntando al corazón, cargado de intenciones calientes. No moví sino una comisura. La luz del baño bañaba el costado de sus curvas. Se rió. Acompañé la risa e hice un gesto de invitación que siguió la forma del humo. Probablemente el gesto fuera innecesario porque no había nada que decir.
Tenía que tomar una resolución. El español me recordaba al pasado que había dejado atrás con toda fluidez hacia una vida que nunca se me habría ocurrido. Pero vamos, en esta fase me tocaba ayudar y reparar en medios no entraba dentro de nuestro estilo. Me amenazaba un cierto miedo a quedar en evidencia y ser atrapado por mi existencia pasada. Por unos segundos me imaginé que aquella mujer que había dejado sin explicaciones en la plaza pudiera haber quedado congelada en esos instantes y se hubiera dado a mi búsqueda como si se tratara de una cruzada. Como una cruzada, es decir, buscando algo que no te busca y que nunca vas a encontrar. Yo era Paulo, de São Borja, y había hecho un curso que nunca me había quitado el sotaque. “Eu fiz um curso…” solté medio por lo bajo, como para que me escucharan si efectivamente debían escucharme, que fue lo que sucedió. Se interesaron de inmediato. Ya había dejado mi preocupación y la había cambiado por la inquietud de saber si había libros de texto, que después todo se iba resolviendo sobre la marcha. Después, con los gurises de la Vila, iba a hacer un trabajo que nadie se imaginaría. Me vinieron esas ganas.
Se acercó. Cuando estuvo enfrente y bien cerca, vi su respiración y los pezones apuntaron hacia mis orejas. Olí el pecho como una flor. La tomé de la cintura con firmeza. Se sentó sobre mis piernas. Me acarició el pelo mirándome fijamente a los ojos. Nos besamos. Todo fue suave. Incluso el vuelo de mi ropa.
Fuimos a la biblioteca. Había algunos libros en español. Varias porquerías, a decir verdad. No apareció ningún libro de texto exceptuando, claro, los de inglés. Nos lamentamos un poco. Pero el lamento es siempre breve cuando hay ganas. Fue Márcio que sugirió la idea genial. Si yo sabía el idioma, la cuestión era adaptar. Usar la receta del libro de inglés y traducir. Al menos para empezar no estaba mal. Ya íbamos a conseguir materiales.
Asomó como un tallo abrupto de la tierra, con esa frescura. Las manos lo acunaron dándole la bienvenida al aire, rodeándolo con sabiduría desde la base hasta el botón que da los brotes. Tanteábamos con cuidado, como para no romper algo muy delicado. La comodidad corría por el cuerpo como brisas. Lo que debía ablandarse lo hacía. Descubríamos como desembalando un regalo largamente esperado. Con ayuda de dedos hábiles y finos, ocurría el deslizamiento lento hacia adentro, milímetro a milímetro. Entraba. Y el procedimiento se reiteraba. La consciencia intervenía cada vez en menor medida a la vez que el ritmo aumentaba.
En las primeras páginas del libro de inglés presentaban los nombres de los personajes, unos niños. Comunes: John, Kate, Paul. Como yo, que había pasado a ser Paulo de buenas a primeras. “Ai, Paulo…” había dicho la voz desnuda que disfrutaba. Después de un rato de estar abrazados, prontos para irnos a duchar, me armé de coraje y decidí contarle quién era yo. Ella me dijo que eso tenía la menor importancia, que yo era el Paulo que ella siempre había esperado. El palito de incienso se agotaba. Vio mi gesto de incredulidad. Me dijo muy seria que yo ya me iba a dar cuenta, si es que todavía no sabía.
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e essa estória continua...

domingo 17 de mayo de 2009

Benedetti cambió de estado

Nunca fue mi favorito, aunque algunos de sus textos me gustaron, más en narrativa que en poesía. No he adherido particularmente a su estética teñida de política. Pero, en cualquiera de mis oraciones anteriores, puede influir mi ignorancia, mi torpeza, ninguna de las cuales evitaron que siempre me pareciera un viejito simpático a quien nunca vi de cerca.
Como pueden ver, me gusta escribir y, en esas lides, Benedetti es inevitable, aunque sea para oponérsele. Me parece que no tiene sentido hablar de pérdida, ni siquiera de tristeza. Cumplió el ciclo que todos cumplimos. Y lo hizo con sentido, ya que compartió con todos nosotros lo que más le gustaba. Gente como él se merece que la festejen y le deseen feliz viaje. Aunque partes de él quedan por ahí.

viernes 15 de mayo de 2009

La enfermera (parte cuatro)

Caros lectores: como podrán apreciar con facilidad, esta historia ha tomado vida propia. La primera idea preveía una duración corta. La segunda, calculó dos entregas. La tercera, pensó en cuatro. En este momento, quien firma no puede calcular qué va a pasar, aunque atisba los contornos de una novela o algo así. Además, esto que con justicia puede llamarse capítulo, se dedica a José Víctor Martínez Gil, Beatriz Cocina y Verónica Dentone, que se visten de negro y mueven las ramas como acacias.


Me gustó la idea de hacerlo porque de chico mi abuelo me contaba cuentos. Recuerdo la cara de él, puras cejas, relatándome partes del Quijote, que era su libro de cabecera. Lo hacía en uruguayo, nadie hubiera dicho que había venido en barco de Galicia. Pero yo lo había escuchado hablar en gallego alguna vez, con la hermana, y me fascinaba. En general, se empeñaba en ser un uruguayo más. Nun lugar da Mancha, do que non quero lembra-lo nome… Lo pesadeé bastante para que accediera. Años después, me di cuenta de que él había traducido la línea inicial y el resto lo componía olímpicamente en un gallego propio del que abandonó su pueblo a los nueve años. Pero era la historia del famoso hijo de algo. Era mágica.
Debe haber sido por eso que esa tarde hice lo que hice en la Vila Obama, unas semanas después de haber participado en la fundación del barrio. Nuestro objetivo allí era evitar que el barrio nuevo se convirtiera en una favela. Queríamos alimentar la autoestima en la población, nos interesaba que no se abandonaran. Entre las cosas que hacíamos, se contaba el arte. Tatiane sabía de teatro para niños. Había un profesor de gimnasia con nosotros, que deba clases recreativas para los viejos. Un ex jugador del Avaí había organizado una escuelita de fútbol para varones y niñas. Nadie me presionaba a hacer nada. Bien podría haber seguido ocupándome de ayudar, como venía haciendo. Sin embargo, la necesidad me acuciaba y me había puesto en el salón comunal que habíamos estimulado y ayudado a construir. La idea de que hubiera cortinados negros había sido de Tatiane. La sala no era grande ni pretenciosa, pero con un tabladito y dos o tres detalles se creaba un ambiente teatral. Marco, nuestro electricista amigo, había hecho la instalación eléctrica de tal modo que pudieran encenderse por separado las luces del escenario y las del resto del recinto, cosa que no costaba nada pero ayudaba mucho. Ahí estaba yo, con la sala llena de gente, parado con las manos colgando a los costados como ramas de sauce.
Aquella noche, nos fuimos en el camión. Se comentaban las impresiones de la actividad. Se hablaba de la próxima, que sería en una fábrica de ropa de algodón cuyos empleados habían sufrido un despido masivo. Lo mío era escuchar, cosa que hacía con oídos dulces, porque de vuelta había quedado sentado al lado de Tatiane. El vehículo se dirigió de nuevo rumbo a la ciudad, hasta detenerse en un galpón, luego de sucesivas paradas en las que iba dejando integrantes en sus lugares. Con cierta preocupación, pensaba que yo había tenido un lugar donde quedar, pero que a esas alturas ya no lo tenía. Incluso, tenía una vida en la que quedar, pero la había dejado atrás como quien pregunta un precio y sigue. Por un segundo, barajé la posibilidad de volver atrás, pero la cordura me indicó que a veces la mayor consideración por otra persona consiste en dejarle claro el movimiento de timón. Quizá hiciera alguna denuncia policial, pero no iba a ser posible encontrarme. No disponía de fotos. Además, esta gente me llamaba Paulo. ¿Cómo podrían imaginarse que se trataba de un uruguayo desaparecido? Eso, de todos modos, no me garantizaba una cama y una ducha. La preocupación, con todo, era una mota volando en la felicidad porque el brazo estaba allí, tocándome con la negligencia del gusto. Sólo se separó cuando llegamos al galpón.
Todos estaban sentados y me miraban. Míos. “Quando era menino, o meu avó contava estórias para mim…” Los niños inclinaban los rostros hacia mí. Respiré mientras hacía la pausa y tomaba impulso para el “Era uma vez…” Entonces, “Érase una vez una moneda de un real que estaba en el agua, érase una vez una moneda de un real que estaba en el agua de un inodoro… Más precisamente en el agua de un inodoro de una terminal de ómnibus. Ya estaba un poco cansada de que le orinaran encima esos señores sucios que no tiraban la cadena. Por eso era que, desde que se había caído de una mano que no la quiso levantar, estaba ahí en el fondo blanco y mojado. Estuvo casi toda la tarde, hasta que la mano del limpiador la sacó de ahí y la puso en una bolsa con otras como ella, presa en la oscuridad. Todas las monedas de esa bolsa se sentían pegoteadas y sucias y por eso se peleaban, se hablaban mal… Lo único que querían era salir de ahí lo más rápido posible. Nuestra moneda estuvo presa ahí un buen rato, hasta que el limpiador del baño la usó para pagar una cerveza en el bar de un portugués. Fue a dar a la caja del bar, donde estuvo hasta la hora del cierre, como hasta las diez de la noche. Ahí Manoel, el portugués, juntó todas las monedas en una bolsa y se las llevó a su casa. Desde dentro de la bolsa, todas esas monedas vieron la casa de Manoel, que tenía patio y tenía flores y tenía perro y gato. Y tenía una esposa llamada Luíza y un hijo llamado Felipe… Manoel abrazó a Felipe, que vino corriendo a saludar a su padre. También abrazó a su mujer Luíza. Desde adentro de la bolsa, nuestra moneda de un real y las otras monedas vieron que todos se lavaban las manos y se sentaban a comer y también a conversar. Escucharon que la familia se contaba las cosas que habían hecho durante el día y se reían. Manoel felicitó a Felipe por las notas de la escuela y por haber cortado el pasto del patio, y por darle de comer al perro y al gato. Manoel decidió darle a Felipe unas monedas extra además de su mesada habitual. ¿Y quién salió junto a otros nueve reales? Nuestra moneda fue a parar a las manos de Felipe, que enseguida fue al baño con ellas. Como su madre le había dicho que las monedas traen microbios, las lavó una por una con detergente y mucha agua. Y se lavó las manos bien lavadas. Después de secar las monedas una por una y secarse las manos, las llevó a su nuevo hogar, una chanchita rosada y gorda donde habitaban otras monedas. Entonces, nuestra moneda de un real se sintió muy contenta, porque todas esas colegas formaban una cooperativa formada por el niño para comprar… ¡un libro de historias!
Esa noche inaugurábamos la biblioteca de la Vila Presidente Obama. Una muchacha quedó encargada de los préstamos, que fueron muchos ese día. Muchas noches atrás, yo me había bajado de un camión y había recorrido unas calles nocturnas desconocidas con una mujer desconocida que me parecía conocer desde siempre.

sábado 9 de mayo de 2009

La enfermera (parte tres)


voltamos a apresentar...

El camión nos bamboleaba. Supongo que nadie puede tener la dignidad de decir que ha vivido si alguna vez no ha viajado en la caja de un camión junto a un grupo de personas cuyas caras se ven oscuras y en quienes necesariamente se confía. También es conveniente a una vida interesante que en algún momento hayas estado completamente ajeno a toda idea que te indique a dónde vas. La parafernalia había sido ubicada de acuerdo a las necesidades de los materiales de los que estaba hecha. La gente había adoptado los lugares con fluidez. Tatiane me llamó Paulo. Nos sumimos en un silencio parecido al motor del Volkswagen. Éramos artistas que respirábamos después de la puesta en escena. La lona dejaba ver las calles hacia atrás, las luces. Adentro iba un racimo. A mí me había tocado cerca de la salida, entre la cual y yo se interponían dos personas. A la izquierda tenía un peludo de rastas a quien le veía los dedos de uñas toscas. A la derecha, Tatiane se recostaba en mi hombro. Cualquiera sabe esto. Una mujer desconocida que se sienta a tu lado y deja que su hombro toque el tuyo es lo más parecido a una bendición a la que uno se abandona. La inhalaba por todos los sentidos. Le percibía el corazón de vellitos rubios. Y los barrios iban cambiando. Se iban poniendo menos céntricos. No había orientación posible después de que doblamos tres o cuatro veces. Nada me hacía suponer que íbamos a bajar. Pero el camión se metió por una calle que parecía llegar a un barrio. Si hiciéramos un mapa, representaríamos una línea que lleva a un cuadrado. Las casas se notaban nuevas, blancas e iguales. Pastos altos rodeaban la aparente comunidad. Nuestro transporte ingresó recto hacia lo que se reveló como un espacio céntrico con escenario. Se escuchaban cavaquinhos. Forró. La gente en la caja se preparaba para levantarse. Le di la mano a Tatiane para ayudarla a levantarse en cuanto el camión paró. Sonaban algunas voces de aliento. Quizá el que más hablara fuera el líder. Parecía que había que bajar todo de nuevo. ¿Habría ministros en la zona?
Se abrió atrás para que empezáramos a tocar la gravilla. Nos poníamos al nivel de la fiesta local. Empezamos a dirigir nuestros equipos hacia la zona de los puestos de comida. Me di cuenta de que tenía hambre.
-Será que vamos comer? –le pregunté a uno de los nuestros
-Sei lá, sei lá –dijo demostrando que, o no le importaba, o no sabía.
Me tocó cargar el puestito de plástico, una especie de escritorio. Ahí fue que me enteré de quiénes éramos. Empezamos a integrarnos a la comunidad que iba y venía entre las proximidades del escenario y la zona de los espetinhos de carne, las bebidas, el aldodão doce. Repartía folletos como el que más, aunque me guardaba de hablar demasiado, por más que el público que teníamos no parecía demasiado crítico. La mayor parte eran jóvenes. Los que andaban en la vuelta, digo. Se veían algunos viejos, pero estaban más quietos, reunidos en torno de las mesas de hormigón sobre las cuales se habían puesto azulejitos que formaban tableros de ajedrez. Por ahí cerca se había instalado estratégico un puesto de cachaça. Como todo aquel que no sabe con exactitud lo que hay que hacer, esperé un poco. Después de escuchar el formato de nuestro discursito oficial, no dudé en endilgárselo a todo aquel a quien le daba un papel. Gesticulaba con convencimiento social. Sonreía cuando la gente me sonreía. Mantenía una seriedad tolerante con los que me ponían cara de culo. Sabía que en cualquier momento la situación iba a variar porque para algo había bajado el altavoz.
Ocurrió cuando bajó el grupo “Somosamba”, que tocaba bastante mal. Se notaba que iba a haber una pausa en la música. Almirzão, el que llevaba la voz cantante en el camión, tomó el altavoz. Se sabía que los políticos habían inaugurado el lugar. Dijo que habían hecho promesas bonitas, que habían sonreído para las cámaras, pero que nunca más iban a aparecer por ahí. Nunca. Lo recalcó varias veces. Explicó a quienes quisieran escuchar que nosotros íbamos a estar a su disposición. Dio nuestra dirección de correo electrónico, la misma que figuraba en los folletos. Detalló cómo los íbamos a ayudar. Pareció terminar el discurso porque bajó el altavoz. Lo vi tomar aire. Arrancó de nuevo con el mismo discurso. Palabra por palabra repitió por segunda y no por última vez el discursito, cosa que sólo interrumpió cuando vio que el presentador del espectáculo se aprestaba a presentar al nuevo grupo, “As vovós do Serrado Catarinense”, un grupo de abuelas sambistas con poca gracia.
La misma mecánica se siguió repitiendo durante un rato largo. Él hablaba durante las interrupciones de la música. Repartíamos folletos. No comíamos. Con algunas personas dialogábamos. Yo buscaba a Tatiane con la mirada porque nos había tocado en sectores diferentes. La veía hacer lo suyo con entrega estética. La camiseta blanca le iba como guante de fiesta. Incluso cuando el gentío raleaba, seguíamos ahí. Sólo empezamos a desarmar cuando no quedaba casi nadie, sin obviar despedirnos de la gente demostrando que éramos amigos, que volveríamos. Recién cuando no quedaba nadie nos reunimos y Almirzão repartió la paga, justo antes de volver al camión que nos devolvería a alguna parte desde la recientemente inaugurada “Vila Presidente Obama”.

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Como podrán deducir, esta historia sigue rodando hasta la próxima parada la semana que viene. Nos vemos por aquí.

viernes 1 de mayo de 2009

La enfermera (parte dos)

Esta historia empezó hace una semana. Está seriamente cuestionado que se pueda entender bien sin conocer su materia previa.

La estancia era larga. Una mesa larga era la columna vertebral de ese lugar inmóvil. Bancos a los costados. Estaba lleno de hombres. Entre ellos estaba yo con mis dos amigos, que miraban desorientados, con cara de adolescente capturado in fraganti. No hablaban, o lo hacían muy discretamente cuando yo me esforzaba en no delatar mi origen castellano. Era esencial no llamar la atención. Más que calentura lo que me dominaba era el desaliento. Iba a tener que comerme seis meses ahí adentro por culpa del Luis, que le había bajado varios dientes a uno. No es que mi espíritu fuera abandonar a un amigo, pero yo no había hecho nada. El juicio debía haber sido muy sumario. Yo no lo recordaba. No iba a poder volver al laburo. Tampoco podía avisar. Todos esos pensamientos me asaltaban mientras estudiaba la sociología local. Me sorprendió la presencia de unas cuantas caras caucásicas, hecho que atribuí a que esa era una zona más bien europeizada por las inmigraciones germánicas. Algunos incluso tenían cara de tipos normales, sin demasiadas inclinaciones a violar a los nuevos compañeros, o por lo menos sin mostrar señales claras de ser adictos a algún entorpecente. Mis camaradas no serían de ninguna ayuda. Me retorcía la cabeza pensando qué iba a ser cuando volviera. Unos pocos estábamos un poco aislados de la montonera, en la parte más aislada. Otros parecían conocerse y se arracimaban en un pasillo oscuro. En la hora de la visita, se veía a muchos presos hablando con mujeres. A mí nadie me iba a ver, evidentemente. Pasamos por una mesa donde nos daban los celulares por un rato, se ve que para que los que no teníamos visita pudiéramos comunicarnos. A falta de otra cosa para hacer, agarré mi C115 y sólo lo prendí para comprender que estaba casi sin batería. Además, era inútil allí, aunque la hubiera tenido. Ni siquiera iba a poder llamar al apartamento donde tenía mis cosas, probablemente a dos ómnibus de distancia de la cárcel donde me encontraba. Probablemente. Cómo iba a avisar a mi familia era todo un enigma. La angustia crecía. Volví al lugar donde había estado un rato antes. Ahora estaba más congestionado. Los del pasillo negro habían salido. Se los veía bastante raquíticos, con ese brillo en los ojos.
Me desperté. Seguía dándole vueltas a las preguntas del día anterior. Cómo llamar a casa, si podía solucionar el asunto del laburo pidiendo una licencia sin goce de sueldo, qué iba a hacer seis meses metido en ese agujero, ¿me soltarían antes por buena conducta? Miré para todos lados y vi un hombro a mi lado. Me aflojé. Era Tatiane. Empecé a darme cuenta de que era un sueño el que daba paso a la realidad. Estábamos abajo de la higuera. Reconstruí rápidamente mis pasos hasta esas sábanas, con la sensación de que eran tan ficticios como los que me habían llevado hasta la reclusión.
Llegué hasta el punto de inicio: la música. Un ritmo alegre de samba, por momentos de forró. Había ido como las ratas atrás del flautista. De pronto, algo empezó a no encajar. La letra escapaba de los habituales motivos carnavalescos y delineaba un claro perfil reivindicativo. Explode coração, na maior cardiopatia, que a saúde em Catarina já não tem mais orçamento…[i] El lugar de la concentración era nada más y nada menos que el Ministério da Fazenda. Estadual, se entiende. Por eso pululaban los de la PM. Pero el clima era festivo. Era una mujer la que empuñaba el micrófono y bañaba con su voz el barrio. Al mejor estilo de nuestros murguistas, usaba las bases rítmicas conocidas para pedir por el salario de los funcionarios de la salud y mejores condiciones de trabajo en los hospitales públicos. Me introduje en la montonera. Con mi mochila era uno de ellos. Sólo me faltaba esa especie de acreditación que tenían prendida con una pincita. Pero no tenían por qué notarlo. La gente parecía llamativamente alegre para estar reclamando. Los comparé tácitamente con nuestros gremialistas, siempre tan crispados, como si para protestar hubiera que tener además cara de culo. Ya haciendo un pasito de samba abrazado de una manifestante, pensé que en realidad la cara fruncida suele trascender la protesta y reivindicar unos espacios bastante más amplios. La letra empezaba a repetirse y ya me la aprendía. Cantaba a voz en cuello junto a los otros, disfrutaba.
Cantamos más fuerte cuando salió el ministro. Lo reconocí sin reconocerlo. Supe que era un títere de Esperidião Amin, como casi todos en la capital, aunque hubiera salido en segundo lugar en las elecciones y el prefeito fuera Berger. El traje oscuro, el pelo que parecía cortado esa mañana y que quizá se retocara pocos días después. ¿El pelo teñido? Los PM hicieron un pasadizo para que saliera el fantoche. Yo no veía nada. Quería que ella pudiera ver sin tener que saltar. La levanté a cacunda como si estuviera cantando el Pepe Guerra. Alguien le arrimó un cartel. Otro le alcanzó el altavoz. Yo era el pilar de la revolución. Cantaba más fuerte, una corriente cada vez más propia me impulsaba. El ministro Guido Mantega abordaba un auto negro. Se iba rápido. Los PM relajaban la muralla. Las puertas del ministerio ya iban a cerrar y en la manifestación se veían preparativos de retirada. No tardé en cargar parlantes en una camioneta vieja que apareció y a la que trepamos los del núcleo. Ya era parte del núcleo, aunque no se hubiera negociado mi incorporación, aunque yo no fuera un funcionario de la salud y mi contacto con los hospitales hubiera estado dado más que nada por una operación de apendicitis a los quince años. Nos apartábamos del centro de la ciudad. Cruzábamos el puente hacia el continente. Íbamos hacia unos morros. La conversación era animada. Supe que la que yo había tenido a cacunda era Tatiane. Me enteré de los nombres de los otros, que no se cuestionaron cuál era el mío. Mejor dicho, directamente me decían Paulo.

Bueno, aquí lo voy a cortar por hoy. Cuando escribí la última oración me di cuenta de que era un buen “continuará la semana que viene”.

[i] “Explota corazón, con la mayor cardiopatía, que la salud en Catarina ya no tiene presupuesto…” Una clara parodia de un enredo famoso que decía “Explode coração, na maior felicidade…”

domingo 26 de abril de 2009

Flickan som lekte med elden

El idioma no importa. Se trata de atrapar, de ser más fuerte. Esa es la ley en que vivimos. El pez grande hace lo suyo. Como los libros de Stieg Larsson, que te atrapan. Y, siendo tramas adictivas, denuncian la ley del más fuerte. El lenguaje es más universal que la lengua.

viernes 24 de abril de 2009

La enfermera (parte uno)

Los repentistas terminaban un tema y apelaban a la contribución del público, que podía comprar los devedés o aportar algún billete liso y llano. Se reían y a algunos se les notaban carencias en la sonrisa, además de las del vestuario. Los repentistas venían de lejos y hacían todo para que se les notara. La ropa, los sombreros, el acento de tierra seca. Recurrían, de algún modo, a la estrategia de los pastores, ya que conminaban a que el círculo se estrechara. Hice lo mismo que había hecho en el templo, antes de que sacudieran el papel higiénico sagrado. Me aparté con pasitos disimulados, lentos, sabiendo que se habían acabado mis minutos gratis, sin dejar de pensar que mi mochila y aire despreocupado me hacían blanco inigualable para los oportunistas de las montoneras. Aunque me reía con los chistes del dúo, yo no era uno de ellos. Cualquiera lo notaría si reparara en que mi comprensión tenía un componente reflexivo que a los otros ni se les asomaba. Sabrían con un mínimo asomo de imaginación que en mi mochila demasiado limpia podía haber plata. Y que yo no contaba con recursos para defenderme. Además, debo admitirlo, el humor de los cantores –aun cuando se me escapaban algunas sutilezas- no parecía de alto nivel, por lo que volver mis pasos hacia la feria artesanal no fue un sacrificio. Tampoco lo fue la espera, ya que ella ya estaba en la caja pagando unas cosas que irían a la mochila. Los veía ahora de lejos, notaba cómo había crecido el gentío. Eran habituales las muchedumbres redondas en esa zona peatonal.
Nos movimos por la principal, la calle Schmidt. Veredas angostas y empinadas, gente apurada. Buscábamos un lugar para comer. Entramos al tercero porque el primero estaba vacío y ella no come en lugares vacíos. El segundo por alguna cosa no le gustó. En el último, almorzaban los empleados y dos de ellos daban muestras de que no pagaban la comida y de que sus cuerpos estaban huecos. Me rezongó por algo absurdo. Mordí mis palabras endulzándolas con el postre. Pagamos y bajamos la escalera larga y empinada que nos había llevado al piso del restaurante. Venía con cara fea. Empezaba a molestarle la gente. Miró muy de pesada a una rubia lacia de calzas violetas. Entraba en terrenos que seguramente no sabría manejar. Se lo dije y no le hizo ninguna gracia, sobre todo porque yo tenía razón y ella no hablaba la lengua. Por más enojada que estuviera conmigo no tenía más salida que cierta dependencia. No es que yo quisiera aprovechar la coyuntura para imponer mis puntos de vista. Al contrario, me parecía que era ella que buscaba sacar réditos de su posición desventajosa: el papel de víctima sería fácil de adoptar, la queja de los que acostumbran a sentirse superiores y se ven perdiendo es de lo más amarga. Su silencio era venenoso. Yo tenía miedo de que me cayera mal la comida. No quería arruinar el paseo. Por eso hice como que no me daba cuenta y me metí en la casa de electromésticos y compré un mp3 sin demasiadas dilaciones ni consultas pecuniarias. Me fue a decir algo pero entablé diálogo con el primer vendedor callejero de devedés que encontré. Le compré al tipo cuatro películas que no habría conseguido en otro lugar. Como ella era consciente de esto, no pudo decir nada, aunque su cara reprimió una mordedura en los labios.
Vi la plaza como una solución. Había puestos de artesanías y cosas por el estilo. Le resultaban inevitables. Aunque más no fuera para molestar, pasaría horas mirando porquerías. Mi única misión consistiría en mostrar periódicamente mi desagrado a fin de que se alimentara su ansia observadora. Mientras taranto, mi radar podía trabajar a gusto y reparar, por ejemplo, en el enorme árbol de hojas lisas de casi veinte centímetros de longitud. Recordaba algunos de esos en mi pueblo. Sabía que eran especialmente capaces de levantar veredas y casas con sus raíces. Había caído en la bobada de mostrárselos a ella. Recibí unas caras de ofuscación dignas de mayores hazañas. Me asombró que hablarle de árboles le resultara tan insoportable. Resolví que capitalizaría mi silencio. La conversación se tornaba un juego estratégico y me tenía fe para el ajedrez. En la plaza, le pregunté a uno de qué árboles se trataba y me explicó que todos los árboles tenían placas que indicaban la especie. Me saqué la duda: se trataba de una Falsa seringueira (ficus elástica), o sea que capaz que de ese no se sacaba goma como del original. ¿O sí? Esa información no me la daría un feriante, y menos aun los milicos enchalecados y de negro que pululaban en la zona. Por esas tierras, el monopolio de la coerción física por parte del estado era ostensible. Se les notaba que te la daban sin lástima. ¿Por qué había tantos? ¿Tendría algo que ver con la música alegre que se oía de la otra calle?

Sigue dentro de una semana (me levanté tarde y el tiempo no me deja continuar). La dirección del Chorizo invita a sus lectores a elaborar hipótesis acerca de la continuación de esta desopilante historia.

viernes 17 de abril de 2009

No es viaje si no se ahonda.


pensando en el Archiduque de Applecore, a raíz de alguna incitación a tertuliar

Nos subimos al barco sin demasiadas ideas. En popa. Pero allí quedaban pocos lugares, por lo que tuvimos que migrar hacia la proa, donde el movimiento era mayor y veíamos lo que sería la estela. El motor se apoya en el agua y levanta la proa sin mascarón donde habría quedado muy linda como sirena Carla Peres o Daniela Mercury. Nos dirigíamos a la Ilha do Arvoredo. Íbamos a sumergirnos con todo y tanque. Dentro de las mínimas nociones que teníamos prendidas con alfileres estaban que la respiración sería por la boca, que si se nos tapaban los oídos teníamos que apretar las narinas y soplar, que si nos mareábamos en el barco no convenía encerrarse en el baño porque era peor. Decidí no marearme y mi organismo accedió a las peticiones durante todo el viaje hasta la isla, donde rodó el ancla a unas brazas de la costa pedregosa que estaba expresamente prohibido tocar en razón de su carácter de reserva de flora y fauna. La charla preliminar –en español, eran todos argentinos menos nosotros y el capitán- versó sobre detalles, recordó consignas, nos dejó en último lugar porque éramos novatos.
Nos pusimos por primera vez los trajes de neopreno ceñidos. Se nos instalaron sendos cinturones de lastres plúmbeos. Tanque, chaleco inflable, lentes de buzo. Todavía no habíamos respirado con el aparato bucal. Dimos, cada uno a su vez, el paso largo que entregaba nuestras humanidades al agua. Flotábamos. Se me hizo complicado embocar el respirador. Se puso más difícil cuando el instructor quitó aire del chaleco y me vi forzado a respirar a puro tanque. Mi ritmo cardíaco se desbocó al tiempo que un enjambre de burbujas salía de los costados de mi cara. Uno cuando se asusta –ahí lo supe- respira más rápido por la nariz, tal vez para correr más rápido, pero Federico nos había dicho que la velocidad abajo del agua es para los peces. Empecé a entender de apuro los conceptos de impotencia, fe, la muerte, la ignorancia y la confianza ciega en un argentino rubio. Al principio, ni siquiera veía por culpa de las burbujas, no podía hacer nada; tuve que tener fe en el brazo izquierdo de Federico y aceptar por toda comunicación una serie de gestos predeterminados que no recordaba bien. No podía evitar la visión de mis pulmones rápidamente repletos de agua, ignoraba qué diablos podía hacer si pasaba algo. Sólo fue cinco o seis metros más abajo y con la respiración regularizada que empecé a fantasear con tiburones. Sí, la ley del agua hacía del aire consumido con calma un insumo tan valioso que Midas, de haber estado allí, habría convertido todo en setenta por ciento nitrógeno y veinte de oxígeno.
Peces de colores, cardumencitos de flechitas plateadas, un caballito de mar, un pez que se alimenta en una roca, una araña de mar, una tortuga marina y grande que hace olvidar el susto. Todavía oigo el ruido regular y áspero del respirador accionado por mí con creciente soltura. Los movimientos torpes, no saber darse vuelta. Intentar siempre mantener la horizontalidad, saber que no se es ese judío errante que vuela de calzoncillo rojo.
Después de agregar caminatas, escaladas y remo por las bahías, empezaba una odisea. A las cinco de la mañana, un ómnibus local hasta la espera en un pueblo que duerme. Luego otro coche hasta la capital donde mora Tabajara, donde tomaríamos el siguiente, hasta la capital de Verissimo y Scliar. A ambos nos acompañaba Mankell. Ella venía con “La leona blanca” (uno de Wallander) y yo venía con “Viaje al fin del mundo” (lo terminé anoche y descubrí maravillado que, en las últimas páginas, hablaban de Brasil). Habríamos enloquecido sin leer porque el vehículo de la empresa Eucatur paraba en los más mínimos caseríos de Santa Catarina. Hasta que, coincidiendo con el ocaso, apareció Porto Alegre de golpe con todo y terminal rodoviária, a la que nos vimos confinados por falta de tiempo y dinero. No había mucho que recorrer, el lugar no es lindo, es un no lugar donde uno experimenta lo que los contenedores en los puertos. Los asientos para esperar son de madera, los espacios están divididos por caños de fierro. Los bolsos a los pies y ella va al baño.
Un hombre hablaba por teléfono en el asiento a mi derecha. Llamaba a personas amigas. Decía que estaba en la terminal, que no había tenido tiempo de irlas a visitar pero que ya iba a pasar en su próxima visita a la ciudad. Ella estaba en el baño. El hombre me pidió que le cuidara los bolsos, que iba a buscar un lanche. Le dije que sí, aunque con la incertidumbre de cuándo volvería. Imaginé que se iba a sentar en alguna de las lanchonetes. Ella volvió del baño. Le pedí que me relevara en mi misión mientras yo iba al baño a mi vez. Me pareció verlo al hombre ahí adentro. Volví al escaño y le comenté a ella mi diálogo con el tipo, que supuse del interior por lo confiado. No había terminado de decirlo cuando reapareció el brasilero, que agradeció por los cuidados.
Un grupo de gente estaba de despedida. Sacaban fotos. Rotaban la posición de fotógrafo, hasta que de pronto el hombre del equipaje se ofreció a sacarles la foto para que salieran todos. Volvió al banco. Le sonreí. Empezamos a conversar, no sé bien cómo ni por qué tema, pero lo cierto es que era oriundo de Bagé (tierras del “Analista de Bagé”) y había vivido en Porto Alegre, São Paulo, Estados Unidos (los seis mejores años de su vida, trabajaba mucho y tomaba Ballantine’s), Melo, Treinta y Tres. Sí, eso mismo. Y le gustaban Los Olimareños, los conoció ahí mismo en el pueblo y cuando él y ellos eran jóvenes. La política no estuvo afuera, no nos faltó hablar bien de Obama. Va por la séptima mujer. Ama a los todos los seres humanos por igual, y a las plantas. Explicó que la diferencia entre el amor a una mujer X y mi mujer es que con ésta “faço sexo”. Días después pensé en cómo los brasileros conciben al acto sexual como algo que se hace, mientras que nosotros con suerte “tenemos sexo”, sin que nos adjudiquemos lingüísticamente el derecho a manipularlo artesanalmente. El tema derivó hacia la religión, vaya a saber uno cómo…, tal vez porque yo comenté algo sobre la religiosidad de los brasileros. Dijo que era espírita. No tienen pastores, según él allí nadie es más que nadie. La caridad y la ayuda a los otros son sus fundamentos. Allan Kardec es su antecedente. “Fora da caridade não há salvação” es el lema. Además de instarme a leer las obras de Kardec, me pidió la dirección para mandarme una postal desde Laguna, la cuna de Anita Garibaldi, “o único macho de Santa Catarina”. Accedí. Más tarde, cuando él tomó su ómnibus, nos saludamos calurosamente. El hombre tenía la capacidad de la amistad y la iniciativa, lo cual me parece signo de uso del espíritu.
Volví a mi realidad habitual. En algún momento leí algo sobre libros “New Age”. Pensé que yo había estado en otro mundo, uno donde las reglas son otras, uno más lento para nuestra habitual ceguera, con reglas amnióticas olvidadas. Relacioné los pececitos de colores con la negación que solemos tener de que exista otro mundo donde el cuerpo de carne y sangre no sea lo único real. Tal vez, como abajo del agua, haya que dejarse llevar respirando regularmente por unas aguas más livianas que el aire. Y darle la misma trascendencia a nuestras creencias e ideas del mundo que a las recetas que vienen en las cajitas de gelatina.