Salí tempranito, cuando el sol se adivinaba más que verse. Era un buen momento para caminar a buen paso los kilómetros que ya habíamos hecho con Eduardo, gracias a quien había logrado tener una orientación hacia el lugar. A esas horas tempranas era conveniente calentar los huesos en los tres kilómetros y pico que hay desde el pueblo hasta la entrada. Atravesé el alambrado en el sitio preciso. Ingresé por el mismo lugar que ya había recorrido con mi guía, en busca de algo que él no me había mostrado. Nos habíamos bañado en el salto de agua. Habíamos investigado varios sectores del arroyo, desde los lugares donde las piedras servían de puente resbaloso hasta donde la corriente se volvía más ancha y sólo se podía pasar enchumbándose el calzado. Eduardo se parecía al paisaje con sus ropas verdosas y la barbita de chivo hirsuta como alguna vegetación de ahí. Pisé mis pasos de vuelta en busca del coronilla, de una edad que quizá me doblara, o más. Había pensado que tal vez lejanas generaciones se hubieran cobijado bajo ese árbol redondo, dentro de él. Percibía un aire especial en el interior de su follaje verde oscuro. La vez que fuimos con mi guía casi no nos detuvimos ahí dado el cariz turístico que él le daba. Hablaba sobre su eterno proyecto de organizar paseos guiados por la zona, por los varios puntos que mencionaba con énfasis, detallaba las trabas que había experimentado para llevar a cabo la empresa, decía que capaz que era mejor, que todo era para él y para los amigos. Divisé el árbol.Completamente solo. Así estaba en el medio de la selva más grande, sabiendo de la presencia cercana de los taladores, que veían peligrar el negocio. Esa había sido la razón de los balazos, actitud que sabía no vacilarían en repetir. De hecho, seguramente estaban después de tirar más sedientos de violencia. Sentí intensos deseos de emboscarlos, sabotearlos de algún modo. Pensé alternativas para tomarlos por sorpresa, quitarle el arma a alguno, destruirles las herramientas. No lo hice. José estaba muerto. Una vez más quedaba solo. Escondido en unos matorrales espesos, a resguardo seguro de los depredadores humanos, hice silencio. Sólo después de un rato empecé a dirigirme a la floresta con un canto que me surgía del estómago. Ajurupeuá, Airumã, Iguaju. Mi vista cambió, mi olfato se agudizó. Me sentí en casa, en una casa invadida que tenía que defender. Ya no tenía que pensarlo ni había forma de volver atrás. Caminé con suavidad dando un rodeo camuflado. Me acerqué invisible a los hombres, que inundaban el aire con ese olor asqueroso.
Lo saludé, le pedí permiso. Sólo después me metí por el hueco que dejaban las ramas bajas. Adentro estaba oscuro. La luz eran puntitos movibles al ritmo de la brisa. Imaginé una civilización que plantara esos árboles como casas. Fantaseé sobre una época en que ver un monte fuera sinónimo de divisar un enclave humano. Después de un rato de vislumbrar cómo serían esas casas, cuáles serían las comodidades y las ventajas, volví a la idea que cada tanto reforzaba: el ser humano no tiende a la armonía sino que es un mecanismo de destrucción. Convivir con la naturaleza sería antinatural para nuestra raza, sería inhumano. Daba vueltas antes de llegar a escuchar, a integrarme de a poco al mensaje de las hojas, del tronco.
Llegué en silencio sobre el primero de ellos. No llegó a gritar. Lo dejé ahí. El segundo apareció dos o tres minutos después, cuando sus llamados no fueran atendidos por el muerto. Gritó mientras tuvo garganta.
No hubo necesidad de más. Los otros tres o cuatro emprendieron una fuga a tropezones que los llevaba al lugar más lejano posible. Jamás volverían a la selva.
Hubo un tiempo antes de que encontrara gente de nuevo. No sabría precisarlo. Caminaba con el color del sol filtrado por capas superpuestas de vegetación. Era lo mismo y otra cosa.
Ella me había sacado de la abulia impuesta por el ritmo cansino del pueblo. Pedía algo para lo que no estaba preparado, que no deseaba. De todos modos, pude haberlo ignorado o tomarlo a risa. Lo tomé como el más importante de los compromisos. Tal vez fuera lo que estaba esperando que sucediera. Para eso fui al coronilla. Venía omitiendo largamente el contacto con la fuente. Había dejado que el desaliento mandara desde hacía demasiado tiempo. Después de todo, nunca dejé de ser un hombre a pesar de mi período de la selva.










