martes 15 de diciembre de 2009

La enfermera (parte 30)

Salí tempranito, cuando el sol se adivinaba más que verse. Era un buen momento para caminar a buen paso los kilómetros que ya habíamos hecho con Eduardo, gracias a quien había logrado tener una orientación hacia el lugar. A esas horas tempranas era conveniente calentar los huesos en los tres kilómetros y pico que hay desde el pueblo hasta la entrada. Atravesé el alambrado en el sitio preciso. Ingresé por el mismo lugar que ya había recorrido con mi guía, en busca de algo que él no me había mostrado. Nos habíamos bañado en el salto de agua. Habíamos investigado varios sectores del arroyo, desde los lugares donde las piedras servían de puente resbaloso hasta donde la corriente se volvía más ancha y sólo se podía pasar enchumbándose el calzado. Eduardo se parecía al paisaje con sus ropas verdosas y la barbita de chivo hirsuta como alguna vegetación de ahí. Pisé mis pasos de vuelta en busca del coronilla, de una edad que quizá me doblara, o más. Había pensado que tal vez lejanas generaciones se hubieran cobijado bajo ese árbol redondo, dentro de él. Percibía un aire especial en el interior de su follaje verde oscuro. La vez que fuimos con mi guía casi no nos detuvimos ahí dado el cariz turístico que él le daba. Hablaba sobre su eterno proyecto de organizar paseos guiados por la zona, por los varios puntos que mencionaba con énfasis, detallaba las trabas que había experimentado para llevar a cabo la empresa, decía que capaz que era mejor, que todo era para él y para los amigos. Divisé el árbol.

Completamente solo. Así estaba en el medio de la selva más grande, sabiendo de la presencia cercana de los taladores, que veían peligrar el negocio. Esa había sido la razón de los balazos, actitud que sabía no vacilarían en repetir. De hecho, seguramente estaban después de tirar más sedientos de violencia. Sentí intensos deseos de emboscarlos, sabotearlos de algún modo. Pensé alternativas para tomarlos por sorpresa, quitarle el arma a alguno, destruirles las herramientas. No lo hice. José estaba muerto. Una vez más quedaba solo. Escondido en unos matorrales espesos, a resguardo seguro de los depredadores humanos, hice silencio. Sólo después de un rato empecé a dirigirme a la floresta con un canto que me surgía del estómago. Ajurupeuá, Airumã, Iguaju. Mi vista cambió, mi olfato se agudizó. Me sentí en casa, en una casa invadida que tenía que defender. Ya no tenía que pensarlo ni había forma de volver atrás. Caminé con suavidad dando un rodeo camuflado. Me acerqué invisible a los hombres, que inundaban el aire con ese olor asqueroso.

Lo saludé, le pedí permiso. Sólo después me metí por el hueco que dejaban las ramas bajas. Adentro estaba oscuro. La luz eran puntitos movibles al ritmo de la brisa. Imaginé una civilización que plantara esos árboles como casas. Fantaseé sobre una época en que ver un monte fuera sinónimo de divisar un enclave humano. Después de un rato de vislumbrar cómo serían esas casas, cuáles serían las comodidades y las ventajas, volví a la idea que cada tanto reforzaba: el ser humano no tiende a la armonía sino que es un mecanismo de destrucción. Convivir con la naturaleza sería antinatural para nuestra raza, sería inhumano. Daba vueltas antes de llegar a escuchar, a integrarme de a poco al mensaje de las hojas, del tronco.

Llegué en silencio sobre el primero de ellos. No llegó a gritar. Lo dejé ahí. El segundo apareció dos o tres minutos después, cuando sus llamados no fueran atendidos por el muerto. Gritó mientras tuvo garganta.
No hubo necesidad de más. Los otros tres o cuatro emprendieron una fuga a tropezones que los llevaba al lugar más lejano posible. Jamás volverían a la selva.
Hubo un tiempo antes de que encontrara gente de nuevo. No sabría precisarlo. Caminaba con el color del sol filtrado por capas superpuestas de vegetación. Era lo mismo y otra cosa.

Ella me había sacado de la abulia impuesta por el ritmo cansino del pueblo. Pedía algo para lo que no estaba preparado, que no deseaba. De todos modos, pude haberlo ignorado o tomarlo a risa. Lo tomé como el más importante de los compromisos. Tal vez fuera lo que estaba esperando que sucediera. Para eso fui al coronilla. Venía omitiendo largamente el contacto con la fuente. Había dejado que el desaliento mandara desde hacía demasiado tiempo. Después de todo, nunca dejé de ser un hombre a pesar de mi período de la selva.

viernes 11 de diciembre de 2009

Sin entusiasmo

se dedica con cariño al G.K.


Estábamos cogiendo mecánicamente, sin siquiera sacarnos más ropa de la necesaria para que una pija entrara en un culo. La mía en el suyo. Yo me impulsaba con la mano izquierda en la mesada alta esa que tiene en la casa y con la otra me afirmaba en su hombro. Acabé como quien mea. Pensé que no sabía por qué estaba haciendo eso. Quería a mi mujer y tenía miedo de que a él le diera por ponérmela a mí también. Me molestaba un poco la barba siempre a medias esa que tiene y el tufo a tabaco de pipa que le impregna las camisas. Él tampoco parecía estar entusiasmado. Tenía una cara de aburrimiento cósmico. Estoy seguro de que prefería leer por enésima vez esos libros de Onetti gastados que tanto atesora antes que garchar con énfasis. Y eso que la tengo grande y negra, tanto que unas putas brasileras me querían contactar con uno que grababa películas porno en Porto Alegre. Orto alegre, les dije bastante empeducho. No sé qué pasaba. Por qué cogíamos si parece que a ninguno le interesaba. Él no parece puto y yo no lo disfrutaba. Es más, como ya dije, me atenazaba el miedo de que quisiera darme él a mí. Pero no, no despega los codos de la mesa. Me quedó grabada esa vez porque quedamos los dos acodados, uno al costado del otro. Nos pusimos hablar del posible pase de un jugador de Nacional al fútbol español, hablamos de la cotización descendente del dólar y del precio de la tonelada de lana en Nueva Zelanda, creo que también hablamos del grupo político nuevo que había fundado aquel que fue intendente por un partido y vicepresidente por otro. No sé, pasión nunca hubo. No nos gustábamos. De repente, la historia habría sido diferente si no fuéramos los dos de Melo.

La enfermera (parte 29)

Despegar el cuerpo del de una mujer que te está mirando fijamente a los ojos suele ser complicado. Los cables son todos rojos. Es como desenchufar la corriente de la creencia, que es más fuerte que el amor. Ella está convencida de que todo hombre es un mecanismo simple que consta de una manija eréctil eficiente para mover todo el resto. Se arrodillaría a pies juntillas para confirmar el modelo. Chuparía y tragaría toda prueba que viniera a confirmar su deber ser. El desconcierto, la indignación o la autoflagelación son el repertorio de respuestas frente al rechazo a la propuesta. O el simulacro de comprensión, precedente indudable de la insistencia en el punto. Para mí se trataba de una pared, de un límite que no atravesaría, por más ganas que me vinieran de disfrutar de unos sudores. He repasado la escena varias veces añorando la presencia de una cámara en que se viera mi cara, que es lo que nunca podré saber cómo fue. Tuve presente que ella machacaría. Suelen tener las mujeres un mecanismo cíclico que consiste en decir lo mismo muchas veces, quizá porque ellas tienen la insistencia como patrimonio para sobrevivir, tal vez porque la intuición y la experiencia les indican que la voluntad de los hombres es voluble, maleable a mayor o menor plazo. Lo que dije fue mentira. Y con la intención de que se notara que era mentira, aun cuando orientara las hipótesis acerca de la verdad hacia rumbos que ella no imaginaba. Fue un momento corto si se lo considera cronológicamente que recuerdo como farragoso en mi escala personal de medición. A partir de ahí, tuve presente que su independencia se hacía perentoria.

Para un lego, toda acumulación de árboles es la misma cosa. Tanto le da una isla simétrica de eucaliptus como una selva en el Congo. Yo, que llegué hasta el Tapajós, que fui atronado por el Amazonas, sé que cada comunidad tiene su voz, sus conversaciones propias, indefectiblemente parecidas a los comportamientos de la gente en cuyas proximidades habita. Las claves están en la forma en que se entrelazan las ramas, en la escarpadura, en la velocidad del meandro o el tamaño e intensidad del cielo. Hay formas de entrar y ritmos de caminata. Es preciso saber escuchar para actuar acorde a la música del lugar, porque de lo contrario todo es destrucción, todo es motosierra. Así sucedió antes de los tiros que abatieran a José dos o tres días de caminata después de haber salido, luego de que tuviera su visión, de que supiera que todos sus sueños habían sido solamente motores para llevarlo a ese momento, para estar a disposición de una bala y ser llevado de este mundo sin llegar a conocer el hijo que ya estaba dentro de su novia, cuyas vidas vio también. Encontramos a los taladores sin proponérnoslo, primero por medio del oído y después por el camino, que nos depositó ahí, como una rama que cae. Nos vieron y apuntaron. A José le pegaron enseguida. Me salvé de milagro, una bala quedó incrustada en el árbol que estaba atrás de mí. Corrí con la convicción de que José había muerto. Si se le pregunta al viento qué hojas toca en las caóticas rutas que tiene, la respuesta será viento. De ahí mi total incapacidad a la hora de narrar mi huida, de explicar el rumbo que me puso sobre una canoa a la deriva en algún río ignoto, pensando en Tatiane, pidiéndole ayuda a ella y a Iguaju, a Jacques. Sin nada, sin nadie, sin para qué, nada más que respirando.

Aiguá es limitado, igual que São Paulo o cualquier aldea. Son acumulaciones humanas, que varían en tamaño y consecuentemente en niveles de demencia. La diferencia es el grado de visibilidad que se tenga de la naturaleza. Desde el centro de Aiguá se ven cerros en las cuatro direcciones. Se sale rápido del pueblo. Las rutas conducen a lugares que no están señalados. Depende del conocimiento que se tenga. Hay partes más trilladas, a veces algún aventurero te pasa los datos o te orienta. A mí me sacó a caminar Eduardo, un veterano del bar cuyo tema, además de contar las proezas de su pasado en los antiguos juegos en red, es detallar la existencia de caminos “alucinantes” y de secretos en los rincones de las sierras. Cuando me lo propuso, se notaba que insistiría mucho si me negaba, lo cual no fue necesario. En realidad, yo estaba esperando que él terminara de decidirse a invitarme, cosa que tampoco tardó demasiado, como tampoco demoramos en ponernos en camino. Apareció por casa tempranito con su gorro maoísta, pantalones carpinteros y mochila, todos verdosos. Se excusó por tener que ir caminando. Contó lo que todos sabemos sobre las motos y los autos. Le contesté que era mejor. Lo provoqué diciéndole que él no sabía lo que era caminar.

miércoles 9 de diciembre de 2009

No cuesta nada

Me han contado –y les ha servido para reírse- que de noche converso como un descosido. Me aíro, divago o insto a una hipotética dama a relajarse, eso cuando la emisión es más o menos inteligible, ya que –declaran- las más de las veces me expreso en un lengalenga farfullado. Más grave aun: no pocas veces elevo mi voz en inglés o portugués, dos lenguas que han recibido mis atenciones. Pienso en los posibles orígenes de la conversadera onírica y me recuerdo practicando mi pronunciación del inglés antes de un examen o estudiando cierto poema que tenía que decir de memoria al otro día en la escuela (¡cómo odiaba memorizar poemas en la escuela!), porque me habían explicado que de esa forma te lo aprendías mejor. Y tenían razón.
Pero hace dos noches a mí me tocaba escuchar. Me tocaba tomar exámenes orales de portugués. Se presentó C.A., un muchacho muy particular de gesto mohíno las más de las veces y que supiera teñirse el cerquillo de verde, de un delicado verde. Se sentó ahí con su columna erguida, duros los ojos, ladeada la cabeza. Empezó a responder en español, y escueto. No me podía creer aquello. Le dije que tenía que hablar en portugués, que era una prueba de esa lengua. Usó el hombro izquierdo para decir “qué me importa” y siguió inmutable en su variedad rioplatense del castellano. Recién ahí me di cuenta de que él no estaba habilitado para rendir esa prueba, ya que había reprobado en las dos instancias anteriores. Cuando se lo manifesté no pareció molestarse sino más bien poner cara de “y bueno, esto podía pasar” e irse con capucha y todo. Pasaba una muchacha rubia de pelo largo, de apariencia resuelta, probablemente de vaqueros ajustados y championes olimpikus blancos, aunque esto es una conjetura basada en la impresión de su cara. Lo juro, no llegué nada más, aunque si me presionaran un poco bajo algún tipo de tortura, arriesgaría que usaba ropa blanca. La cara era más bien inexpresiva, como de esas personas sacrificadas que actúan como autómatas frente a una exigencia. No transmitía alegría. Pero hablaba. Tenía un discurso fluido y natural. De algún modo, a mí me parecía que casi todos los ítemes que tenía que evaluar (comprensión de la consigna, fluidez, fonética, sintaxis, vocabulario, producción) estaban bien resueltos por la estudiante, que sin embargo dejaba la sensación de que algo estaba haciendo mal. Calculé que de los veinticinco puntos posibles le pondría veinte. Y digo “la sensación” porque no le entendí nada debido a que hablaba en francés, que para mí es chino.
La culpa debe ser de Mempo Giardinelli, gran escritor, que en su libro “Final de novela en Patagonia”, además de relatar su viaje por esas tierras con un amigo, va viviendo simultáneamente el desarrollo de una novela que se escribe en su cabeza y cuenta los sueños que está teniendo, los que tuvo, los que siempre tiene. Como la otra vez, cuando estaba con Jung, cuando leo sobre sueños me da por soñar y recordarlo, algo que es infrecuente en mí, lo cual compromete seriamente mis posibilidades literarias. Quizá por eso esta última noche otra vez soñé que escuchaba. Acaso se trate de un aprendizaje que vengo procesando y se refiere, ni mucho más ni mucho menos, a retrasar mi respuesta, a dejarla que se parezca un poco al vino o a los amores bien ejecutados. Allí estaba de nuevo dispuesto a oír, preparado incluso para hacerlo y registrarlo, munido de mi mp4 a modo de torpe grabador. Iba a entrevistar a mi librero catalán, que tomaba su eterno mate de cuero con esa yerba que nadie más toma. Lo gracioso era que no llevaba preguntas preparadas, no tenía la más pálida idea sobre qué podía preguntarle. La conversación empezó a fluir de su parte. Hablaba de algo natural, cotidiano en nuestras charlas. ¿Política? ¿Libros? ¿La relación del hombre y la mujer? Es posible que el mp4 estuviera prendido y grabando mientras yo pensaba que, como me pasó con Aldyr, la mejor entrevista es esa donde el que habla es el que debe hablar. Imaginaba que después editaría esa charla informe y la convertiría en algo atractivo. Llegaba una mujer sin cara que preguntaba por algún libro para mí ignoto, que creo no estaba. La conversación se interrumpía irremisiblemente. Tenía que levantarme para tener un día burocrático.

domingo 29 de noviembre de 2009

Apuntes del día del balotaje


El día está nublado, húmedo, y los campos amarillos llenos de florcitas de tallo alto que a lo lejos se ven como un manto. Los árboles, los pastos, las hojas modificadas, todos ellos exportan su vigor pasado por agua a los ojos del ciclista atento. Unas palomas están en el mismo nivel trófico que unas oscuras golondrinas en la esquina de Ipiranga y José Pedro Varela, a unos pasos de la que fuera mi apartamentito con puerta de lata, donde dos por tres pisaba algún caracol boludo que justo había decidido atravesar mi entrada en horas nocturnas. Por esas cuadras lo que pensé fue que no acabaron con las oscuras golondrinas ni con su imposición gregaria sino con los balcones donde se posaban, terminaron con los ojos de Rubén, los apedrearon. Minaron los cimientos de la cultura, desde la propia cultura. La comunicación del conocimiento desde las generaciones anteriores tuvo tajos, rajaduras, abollones. Hubo demasiada gente que confiaba en sus visiones prefabricadas para ver el mundo y esas construcciones se revelaron hojaldrables frente a la humedad, volátiles frente a la atmósfera enardecida, subordinadas a unos principios más básicos y simples que nos subordinaban a otros tipos que hacían que el panqueque bailara a su son. Hace unos minutos vi dos de esas casas, hechas con planchas de conglomerado de madera, ese material que deja ver el aserrín del que fue hecho. Me las imaginé pudriéndose de humedad al aliento podrido del lobo disfrazado de cordero argumentativo.
Me levanté bastante temprano, igual que la vez anterior, esta vez sin que la tristeza llegara al nivel de mi nuez. Sí con una sensación de vacío, de trámite, como de quien tiene que sacarse el carné de salud. Es que tenía que elegir entre dos compañías de seguros. Una, que es la que tiene más preferencias y otra, que intenta menoscabar la confianza en la anterior. La primera cuenta en sus filas con integrantes que pueden acreditar carreras afines al servicio que quieren vender, mientras que otros variaron su antigua posición opuesta al sistema de empresas de seguros para ser los adalides empresariales del hoy. La segunda tiene un panorama similar: algunos cabales agentes y otros de turbios antecedentes que empalidecerían al mismísimo Bernie Maddoff, a escala, se entiende. Los presidentes de ambas compañías parecen haber sido elegidos por la población, usando para su extensa campaña publicitaria fondos provenientes de la propia población, en el mejor de los casos. Se mueven tras escudos de aplausos y banderas de sus empresas, con patovicas y arsenales de gritos. Porque eso son los partidos políticos: unas compañías que nos preservan del monopolio. La palabra democracia, asimismo, es una exageración de tinte publicitario que nombra al sistema de libre competencia imperfecto que prima en esta sociedad nuestra. Nadie crea que las compañías de seguros resuelven los problemas de alguien porque sólo funcionan como llaves térmicas, aunque más falibles. Si no, miren la película “Sicko”, de Michael Moore, donde se ve cómo funciona el sistema de salud estadounidense manejado por empresas de ese ramo.
Fui a votar en blanco. Me disgustan mucho los candidatos en danza. Ninguno de ellos me parece apto para el cargo al que se postulan. Me da la impresión de que, si la aristocracia se definía como el gobierno de los “mejores”, podemos salvar los abismos conceptuales y definir nuestra democracia. Además, tengo un poco de aversión hacia los corredores de seguros, desde que uno entró en casa cuando yo era niño. Vestía pantalón formal y camisa ídem, además de portafolios y palabrerío. Alguien conocido se lo había recomendado a mi padre, por eso fue que entró. Era hábil. Vendía seguros de diverso tipo, pero lo que más me impresionó fueron los seguros de vida. Es decir, ponía sobre la mesa la muerte de mi padre y lo que cobraríamos los deudos después de ella. Simbólicamente, el hombre gordo y pelado cuyo sillón sigue ocupado desaparecía y venía una suma de dinero. Los políticos me recuerdan a ese hombre cuya cara borré. Y la relación de mi padre y su hipotética muerte abunda en anécdotas, que podrían ir desde cuando lo operaron a corazón abierto hasta cuando, en días actuales, se refiere a la “cuota del cajón” que paga todos los meses. Tal vez a él le deba mi enfermedad por la palabra escrita, quizá por haberme regalado “Las aventuras de Juan el Zorro” de Serafín J. García o por no entenderme cuando hablaba, lo que me obligaba a ser coherente, preciso y claro. O, de repente, por su instinto exagerador y sus estéticas y aplastantes respuestas indignadas, como la vez de la feria, una de las pocas veces que los dos fuimos juntos. Resulta que se encontró con un hombre medio veterano que había sido compañero suyo en la Dirección de Sanidad Animal. Se saludaron e intercambiaron un diálogo lacerante.
-Ta gordo doctor, ¿no será el último engorde?
-Lo veo flaco, Azambuyo, ¿no tendrá un cáncer?

lunes 23 de noviembre de 2009

La enfermera (parte 28)


A mí correspondía guiarlo. Era joven. Quizá se tratara de que adoptara por fin el rumbo de su vida o algo así. Nunca pude hacer otra cosa que suposiciones acerca de los propósitos de las cosas que sucedían así de pronto, sin que aparentemente nadie se lo propusiera, como hojas que caen y se las lleva el agua chocando con otras hojas, trancándose con un palito, pudriéndose en su camino a ser de nuevo parte de un árbol, muy improbablemente el mismo, partículas atómicas yendo de un lado para otro en el aire del interior de una pelota. Un árbol grueso estaba ahí a modo de mojón. Elegí el camino que nos quedaba a la derecha a pesar del amague de protesta de José, que dijo que los caiapós que buscaba estaban para el otro lado. Le mostré la corteza del árbol para que se convenciera de su error. Simplemente lo sabía, igual que como un día las nubes sobre la arena llena de gente me explicaron que ya había pasado mi hora de vendedor. Me di la vuelta lejos de llegar hasta el final de esa playa, mucho antes de la hora habitual. Llegué hasta la casucha que ocupaba por un alquiler mínimo, donde todavía dormía la mujer que se había quedado a pasar la noche. Junté mi ropa escasa, vacié mi depósito de dinero y escribí en un papelito un mensaje destinado a que ella no sufriera trauma de ninguna índole. Puse: “me fui, no me esperes porque no vuelvo”. Salí caminando sigiloso porque es de mal tono despertar a una mujer que duerme desnuda boca abajo. Muchos kilómetros después, varios días más adelante, caminaba por la selva con un indio que se hacía llamar José y se dejaba llevar como yo mismo me había dejado arrastrar antes. Mientras caminábamos, una parte de mí tenía certeza del rumbo. La otra, en cambio, razonaba acerca del hecho de que era movido por una fuerza que no comprendía aunque obedeciera, agregado a que no conocía ni por mentas el nombre o las características de mi destino. Así me había llevado Jacques a mí. Dónde estaría Jacques. Nunca más lo había visto desde el tiroteo. El apremio por escapar primero y por cuidar a Neusa y al niño después habían ocupado todo el lugar de mis ojos. Y Walter, ese se había desviado también con nosotros. Era bastante probable que se lo hubiera llevado alguna bala. Mucho tiempo después, en algún momento de soledad mirando el cielo surcado de humedades de Río, me preguntaba si habrían podido escapar como yo, si había algún tipo de justicia en eso, si nos encontraríamos todos en algún momento o si éramos granos azarosos de un puñado de arena escurriéndose por la mano de un turista borracho. Jugaba con la arena con horror, suponiendo cuántas guerras mundiales se caían entre mis dedos.

Sentí la humedad de la respiración de ella. Y los labios que se pegaban en los míos, en lo que de su parte era un beso y del mío indecisión. No es que haya pensado en mantenerme fiel a Tatiane. No pensaba en eso. Pensaba en las ganas de coger que había acumulado sin darme cuenta, calculaba las consecuencias de ponérsela a una mujer a la que sin quererlo le salvé la vida, cree en las iglesias y me considera un héroe por expulsar al traidor a su fe. Al mismo tiempo, estaba el tema del modo en que haría lo que estaba decidiendo.

Mi actitud hacia la erección podía disponerse en una línea del tiempo. Lo pensaba con el mate entre las dos manos, mirando crecer las lechugas. Desde mi adolescencia curiosa primero y frenética después. Mi primera juventud proactiva y fracasada en sus intentos de ponerla a como diera lugar, que desembocara en mi primera novia, en mi primera y tardía vez con aquella mujer que después dejara en una plaza de Florianópolis, con infinitamente menos trámites de los que hiciera para acercarme a ella. El esplendor entre vegetal y animal con Tatiane. Después, una costumbre más del cuerpo, como esas regularidades que cualquiera adopta para ir al baño o peinarse, o llamar a los familiares distantes los fines de semana. Ahora, cuando me la pedían, no sabía si aparecería. Había dejado de interesarme el simulacro de distribución de esperma que practica o desea todo hombre occidental. Y la modelo no era particularmente motivadora para esos menesteres, no obstante sintiera que era algo que tenía que hacer. Era mi hora de ser la piedra, de ir por los aires sin poner objeciones, de ser inanimado en mi deber.

Empezó a apretar el hambre. Paramos. Unos panes con fiambre. Dos o tres frutas. Había poca comida, como en toda expedición que se precie de tal. José pecaba de imprevisión, yo sabía que iba a conseguir comida cuando la precisara.
-¿Tenés novia?
-Algo así. –dijo, con cara de amorcito.
Le miré la cara oscilando entre la conmiseración y el conocimiento de que es así, que qué se le va a hacer sino aceptarlo. Viéndolo tuve en mis ojos imágenes que normalmente habría considerado el futuro. Sabía que había pasado tiempo para él. Ya habíamos atravesado los restos de selva quemada, llegábamos tarde. Nos encontraban, estaban armados, había tiros. Cualquiera le llamaría frialdad pero era nada más que comprensión de cómo funciona el mundo. Si no, cómo puede uno convivir con un futuro vívido y representar un papel en el presente.
-¿Cómo se llama?

sábado 21 de noviembre de 2009

La enfermera (parte 27)

De idílico, nada. Por televisión, se ven las especies vegetales, los monos únicos, el agua que inunda y que baja, los únicos delfines de agua dulce, la tribu que preserva una lengua que nadie entiende. Al llegar, están los mosquitos y el olor a nafta de la lancha que viene con una pérdida que deja su rastro en el río. Está el puesto de venta de artesanías donde atiende un indio que está sacando un cigarro del paquete de Galaxy. Habla en un portugués oral que sabe de la gramática de los negocios. Cuando le pregunto por cierto grupo de caiapós al que me habían dicho que tenía conocer, pega un grito. El nombre que dice me resulta incomprensible y tras él viene un indio joven, con una camiseta del Flamengo y bermudas floreadas. Dice que él me va a llevar y que pague por adelantado. Iban mermando mis ahorros conseguidos en las playas de Río durante los últimos años, en los que había estado en una especie de letargo vital a la espera de que llegara la señal de partir hacia el norte. Vendí de todo. Supe decir que era mi hermano que hacía los morteros para cachaça de los que me valí por dos temporadas, hasta aburrirme. Recurrí a la estrategia de decirme integrante de un grupo de rescate de las tradiciones indígenas para vender collares y caravanas hechos con semillas de acacia. Lo más pesado por lejos fue la venta de hamacas. Generalmente los paraibanos bajaban ellos mismos con su carga al hombro, apilados en camiones. Cada uno vendía su porción y después volvía a buscar más allá al nordeste. Eran raros los que traían más de lo que podían vender ellos mismos, los que tenían espíritu empresario. Esos conseguían vendedores autóctonos u otros paraibanos que se hubieran quedado varados. Fue por eso que tuve a cargo cincuenta coloridas redes caladas durante un verano. Y luego, como las vendiera todas, cincuenta más. Se me había despertado el espíritu capitalista. Precisaba juntar plata para seguir al norte. Era difícil que me lo creyeran, pero aun así hablé como nordestino todo ese tiempo. Tenía que divertirme y la diferencia entre mi aspecto y el acento que adoptaba abría los ojos asombrados de muchos. De hecho, eso me valió la atracción de algunas muchachas con ideas antropológicas, que querían expiar en carne propia el pecado de su prejuicio hacia los nordestinos, con el atenuante de que no lo hacían con un caboclo. Ponían cara de comprensión y se entregaban sintiéndose parte del mito de la bella y la bestia, a resguardo del peligro de unos rasgos mestizos inciertos gracias a la fisonomía inequívocamente blanca que me caracterizaba. Solían ser cogidas de una noche sola, generalmente en un ámbito arenoso. Sólo con una tuve varios encuentros. Era paulista, estaba bastante buena y me pidió el correo para mantenernos en contacto, tras lo cual recibí dos o tres bobadas previsibles que se extinguieron a medida que se incorporó a su ritmo habitual. No la extrañé. No sufrí por ninguna, no me apegué, no quise más de lo que se me daba. Hacía sexo de un modo alimenticio. Lo escribí en el cuaderno: “Tatiane querida: ¿Llegaremos a decirnos algo cuando nos encontremos o directamente nos trenzaremos como dos bichos en celo? Ya hace mucho que no toco tu cuerpo. Voy a enloquecerme si no cojo. Voy a ser libre como me enseñaste. Y te voy a buscar hasta el fin del mundo.” La noche misma en que escribí eso soñé con ella y amanecí pegoteado.

-¿Por qué desapareció el pastor Marcos?
La mirada inquisitiva de Neusa tenía un cariz matrimonial. Era eso lo que me incomodaba, no decir la verdad acerca de la huida despavorida del hijo de puta monte afuera, después de que lo diera vuelta. Lo había tomado del pescuezo de modo que casi se lo abro con las uñas. Lo había dado de boca contra el suelo y le había instalado la rodilla en las cervicales, para después darlo vuelta y reinstalar mi articulación sobre sus testículos apretados de miedo y al aire. Después venía la parte del discurso con el oyente tomado por la nuez de Adán de ojos desorbitados, que a su vez antecedía a los tropezones que formaban su carrera.
-Pero no le cuentes a nadie, no vale la pena.
Se le llenaron los ojos de lágrimas y me abrazó. Dijo que estaba orgullosa de mí, que se arrepentía de haber pensado que yo tenía la culpa, que era un héroe. No dejaba de abrazarme. Me miraba muy cerca de los ojos. El contacto con su cuerpo me endureció y lo notó.

Volvía a los caminos de la selva. La diferencia era que el indio, que para mi comodidad se hacía llamar José, me hacía sentir como uno de esos turistas europeos. Me decía lugares comunes mientras avanzaba con una lentitud que seguramente se debía a la evaluación que hacía de mí. Me hacía gracia al principio. Me aburrió después de un rato.
-¿Estás lastimado o no podés caminar más rápido?
Quedó con la boca abierta al escucharme hablar en su lengua.
-Entonces vos…
-Sí, eso mismo, yo te llevo.
Seguimos ahora con los roles invertidos y él mucho más cómodo, como si hubiera dejado de ser perseguido por un felino invisible.

El orgullo no era de madre, era de mujer. Hizo el silencio característico del momento previo de algo. Enfocó los ojos negros en mí. La respiración se acompasó con los labios entreabiertos. La mano derecha se estabilizó en el tramo inferior de mi espalda.

viernes 13 de noviembre de 2009

La enfermera (parte 26)


No llego a imaginar el miedo que alcanza a tener el que lo inflige. Pasar del intento de alcanzar el placer sobre una criatura que exhala terror en cada gesto a verse tomado del cuello por algo que te viene de los árboles oscuros debe ser todo un cambio. Percibir bruscamente la pérdida de toda defensa o autoridad, sentir que el mundo gira velozmente y la propia verga violadora te fustiga por detrás de la manera más animal. El gesto automático del pastor fue soltar a la niña, que acumuló terror sobre terror y aprovechó a salir corriendo como si hubiera visto lo que efectivamente vio y oyó. Mi grito desgarró la noche. Muchos dijeron después que se habían despertado con un alarido indescriptible, del cual intentaron dar cuenta después por medio de rescatar antiguas leyendas caídas en el desuso y reprimidas por el pastor que desapareciera de modo tan súbito como inexplicable de la noche a la mañana, sin que hubiera forma terrestre o de cualquier otro tipo que le habilitara un viaje. Nadie vio auto alguno llegar por el sinuoso camino que llevaba hasta el pueblo. Había gente despierta que sí había sentido el grito pero no había percibido movimiento en el pueblo. Ninguno de los que estaban en la vigilia ni tampoco los que no pudieron dormirse después. Sólo una persona pudo ligar mi llegada tarde con la ausencia del vicario de dios.

Quién iba a imaginarse semejante cosa, dicha de ese modo, por esa persona, en ese lugar. No hay experiencias en el mundo que te preparen para no ser sorprendido en algún momento. Cuando dijo “lo único que esperaba hacía años era que vinieras y me cogieras por última vez”, fui testigo de la fractura del tiempo, de la relatividad vivida en alma propia, de cómo una voz puede llegar a ser casi irreconocible a fuerza del roce del barril que la contiene, de cómo quizá sólo se preserve un matiz escondido bajo pliegues y que sea esa la nota que te mete la piña en la quijada.

Hubo quienes, asustados, se dirigieron a la casa del pastor en busca de consuelo espiritual frente a un posible signo del fin del mundo o cosa parecida. El escándalo en el pueblo tuvo su declaración formal ahí, en lo del religioso, cuando los sucesivos asustados fueron constatando la desaparición del hombre, que no aparecía aunque pasaran los minutos. La Biblia estaba sobre una mesa. En la pileta quedaba un plato sin lavar y la heladera daba muestras de la afición a la cerveza del padre. Fue cuando una mujer muy devota y muy burra propuso buscar pistas del paso del diablo que encontraron las fotos de las niñas, leídas por la mujer, cuyos hijos se llamaban Josué y Sansão, como señas inequívocas de una visita del rey del azufre. Ella tenía el pelo pulcramente ceñido al cráneo y recogido en una cola de caballo de carro que le surgía de la base de la nuca. Las niñas de las fotos estaban mayormente desnudas. La mujer supo que se trataba de una intervención del maligno, por lo cual se persignó. Otros que estaban ahí se olieron algo más humano.
Por unos días, no se habló de otra cosa. Todo el mundo fue cuidadosamente interrogado por todo el mundo, especialmente por las mujeres, con militancia por parte de la mujer bíblica de las polleras negras. Quedó al aire libre, expuesta y explícita, la red de control social del pueblo, que se veía liberada de la araña de ropa negra de la religión. Se tejían conjeturas, desde las más timoratas hasta las más realistas, dividas básicamente entre quienes creían que el diablo había metido la cola o los que pasaban a argumentar que el pastor era “o capeta” y que quizá no metiera el rabo sino otra cosa. Por mi parte, sentí el alivio de no tener que estar sentado en la iglesia perdiendo el tiempo. Neusa sentía la falta, según ella la falta de dios. Yo no quería contradecirla, no consideraba respetuoso decirle nada. Después de todo, sólo le había salvado la vida.
Pero ella sabía que mi llegada ese día había sido más tardía. Había intentado ya varias conductas de esposa. Me esperaba con comida, cosa que yo agradecía porque después de todo era yo quien traía la plata. Hablaba de cosas que había que comprar para la casa, a veces interminablemente. Empecé a preocuparme cuando noté que empezaba a decir verbos en plural, aún sin animarse al pronombre, que sería el último mojón. Se había liberado del paroxismo de la violencia y, gracias a eso mismo, se había sacado de encima limpiamente a un marido borracho y machista en el peor sentido. Ella seguía el libreto y reclamaba hombre. Allí estaba yo como proveedor y la trataba bien. Se notaba que quería cogerme para satisfacer su deseo cultural. Dos días después del escándalo de la desaparición del pastor, actuó como esposa.

La voz de ella. Me recordaba a algo que no recordaba. No contesté nada. La miré a los ojos, antes de que los bajara para secar un vaso con un trapo. Ya estaba todo dicho. Ahora había que pensar en los hechos.

viernes 6 de noviembre de 2009

Carlota Podrida, de Gustavo Espinosa


“(Nota del autor para los traductores: Señores, no conozco sus caras ni sus nombres, ni sé en qué tiempo emprenderán su tarea. Pero ahora estoy seguro de que ustedes existen, están esperando estos papeles en algún rincón del futuro. Noten, entonces, que la expresión “todo el mundo” (galicismo e hipérbole lexicalizada según me enseñaron en los cursos de idioma español) en este caso se aproxima bastante a la literalidad. Significa, y es un mérito que me cuesta creer propio, más que “mucha gente” o “en muchos lugares”, o “en todo Treinta y Tres”, o “en muchas partes del Uruguay”).
Estos vértigos deben ser inevitables cuando se han logrado las traslaciones desastrosas que yo me propuse: transformar el signo en realidad, hacer que el espectáculo de la virtualidad desrealizada emane los aromas agrios de la carne, alambicar la transpiración y el moco de lo que era información pura, resolver una mera irradiación platónica, un fluido de ilusión, una alucinación eléctrica, un tejido cansado y adrenalina triste. Y esa desprogramación súbita que he consumado comienza por reconvertir los símbolos en un organismo que se eriza y, acaso, menstrúa.”
Fragmento de la página 98 de “Carlota podrida”, de Gustavo Espinosa, Casa Editorial Hum

En la carpa de la Feria del Libro de Maldonado, el editor quería, con énfasis, vender el libro de un portugués llamado José Luís Peixoto. Según él, en Portugal regalan la novela en los velorios. También describió el tipo de literatura, aparentemente en boga por estos días, consistente en narrar la propia vida del escritor o algo así. Lo de los velorios me pareció interesante, curioso. Lo de revelar el propio transcurso vital me da una impresión de escasez y dudo de la proyección de una obra así, pero todavía no lo leí al portugués, que capaz que es bárbaro, hasta parece que se coló en unos cuantos mercados y todo. Mi argumento de oro para no elegir el libro es el tema de la traducción ya que, a falta de criterios sólidos a la hora de seleccionar lecturas, me baso en el capricho, el prejuicio, el afecto. El capricho prejuicioso me dicta no leer traducciones del portugués (salvo Saramago, a quien ya no leo porque me aburrió). El afecto hizo que no dudara un instante en hacerme de “Carlota podrida”, escrito por Gustavo Espinosa, un olimareño que nunca fue mi profesor de literatura, si se exceptúa la vez que concurrí a su taller literario (justo el día en que se cerraba) y una clase que dio invitado por Ricardo Tejera, que sí era mi profesor, ese que me demostró que se podía cantar dando clase y que no me dejó hablar de “Los hermanos Karamazov” después de que me pasara tres días ininterrumpidos leyendo el mamotreto, que había disfrutado mucho. El caso es que me provocó una alegría ver publicado ahí a Espinosa, metido entre algunos de los prohombres de la literatura uruguaya actual. Recordaba además la brutal experiencia de las moscas que negrearon en medio de “China es un frasco de fetos”, su anterior novela, premiada por la revista Posdata y que compré en la extinta Librería Olimar, mi primera librería. Se trataba aquél de un libro rarísimo, de grueso calibre surrealista y ambientado en un futuro devastado que, de todos modos, daba cuenta mediante el ridículo de algunas taras de nuestra sociedad. Recuerdo que, para acentuar el efecto de extrañamiento, lo leí al mismo tiempo que “Shanghai baby”, por lo cual hice un texto para Iscariote donde mezclaba las reseñas de ambas novelas, tan diferentes y chinas.
Carlota es diferente y es igual. Se diferencia en que muestra unos personajes realistas en un Treinta y Tres parecido al que uno se encuentra más o menos incambiado cada vez que se baja en la plaza, con todo y árboles, barrios y apellidos de siempre, los mismos que aparecen año tras año en las listas del liceo, en los nacimientos que publica la revista del cable. Pero también en eso es igual, porque también están las calles y veredas anchas de siempre ahí, porque el desquicio aterriza como un meteorito de mierda sobre el pueblo. Para quien no conozca la “capital olimareña”, podrá hacerse una buena idea de sus dinámicas a través de la escenografía que pinta Espinosa, desde el periodista Amílcar Recuero (que tanto recuerda a una de las voces notorias de la radio local) hasta los paraísos que pueblan las calles del centro y el contraste entre éste y los barrios más alejados. (No son paraísos artificiales, son árboles).
El mundo llega a Treinta y Tres a través de la visita de beneficencia que recibirá de la actriz europea Charlotte Rampling, la misma que el narrador oteara febrilmente en una extinta sala de cine local, tal vez inspirada en una que nunca conocí más que por cuentos, donde hoy es la agencia de Núñez Transporte y Turismo. La ocasión es anunciada con antelación, la cual abona la planificación febril del personaje, quien normalmente se desempeña como músico en una orquesta de cumbias, en las que a veces se copa haciendo algún solo desproporcionado en tributo a sus ídolos nada tropicales. Es un secuestro. La narración está dividida en dos partes, que se intercalan, una de las cuales es el relato de los hechos, tendiendo a cierta sobriedad, y la otra el monólogo del personaje, en cuya cabeza se repasa el pasado, se enumera hasta el hartazgo sin obviar el caos y alcanzando la imposibilidad de la traducción dada la mescolanza de regionalismo y cultismo. El desgraciado del escritor previó eso ya que, pocas páginas después de que a mí se me ocurriera la genial idea de pensar cómo se las vería un traductor con tal exceso, al narrador va y se le ocurre hacerle alguna puntualización al eventual profesional de la traición. Mala gente: rezuma consciencia.
Se podría dividir el tiempo en a) pasado adolescentoide previo a no irse a Montevideo, b) presente decadente, que a su vez se parte en 1) antes de la llegada, 2) durante el arribo, con transmisión y todo, 3) durante el esperado nudo de la narración y 4) después de él, ya viviendo muy cerca de la Biblioteca Policial. Éste va transcurriendo, de forma no lineal, a través de las dos narraciones solidarias ya nombradas, en las que vamos conociendo de a poco a los personajes: “la loca Marisa”, “el Perejil”, “el Pijero”, que son los que más recuerdo. La primera por puta de culo chato y grisáceo, el segundo por recordarme a un personaje de la vida real muy parecido y el último por tallar vergas de madera y porque trajo cola: Gerardo, que estaba leyendo el libro siguiéndome algunas páginas atrás, me mandó un mensaje de texto que decía “no tallo más”, en el que se refería al símil que vio entre sus muñequitos cilíndricos y piezas de ajedrez con los falos del itinerante personaje olimareño.
El lector se ve forzado a intentar dar un eje conceptual a la cosa. Yo vi este: el ideal etéreo de un primer mundo mamado desde el tercero viene a darse de cabeza, envejecido, contra el barro y la bosta del confín de la periferia detallada. Hay dos puentes viejos: la imaginación y el lenguaje. Esto no debería ser una novedad tratándose de literatura, pero quizá sí lo es si se le agrega un gentilicio al sustantivo que está antes de la última coma. Debe advertirse que, en unas épocas en que el coginche y la prostitución gozan de prestigioso estado mediático, el que no es apto para todo público es el lenguaje de esta novela.

miércoles 4 de noviembre de 2009

Mis últimos no premiados.


Una vez más, casi como una costumbre fisiológica, mandé cuentos al concurso de Ancel (T cuento Q). Esta vez muchos menos, con menos ganas, sabiendo que he perdido el oficio de los espacios reducidos. Aquí están, con retoques y omitiendo uno pésimo, mi más reciente obra no premiada, esta vez de una calidad indudable, por lo mala.

*
Tan rápido como se alejaba de la cárcel, se acercaba a ella.

*
Se enamoró de ella cuando supo que no tenía celular. No vaciló en pedirle su número de celular.

*
Tuvo todo a disposición. Buscó la nada.

*
-Si te morís, me muero –le dijo el cáncer al tipo.

*
-Gracias, Eva. –dijo Newton.

*
Dios quiso morir. Sólo consiguió ser tergiversado.

viernes 30 de octubre de 2009

La enfermera (parte 25)


Desde que la mujer me lo dijo, voy al bar con una actitud distinta. Siento algo que se podría nombrar como responsabilidad, cosa que jamás se me habría ocurrido relacionar con una barra, unas mesas que ven a Gardel todavía, un baño al fondo, unas telarañas de techo que denotan el ocaso del vigor femenino, porque en un antro de puros machos se dirían hasta necesarios los negros colgajos del cielorraso. Se ve que todos negamos la naturaleza de distintas maneras. Los hombres ignoramos otros aspectos, en las mujeres suele ser claro el rechazo a los artrópodos y los insectos. Aunque, a raíz de las palabras que dijo, de su forma, de su apostura coherente del momento, podría suponer sin demasiadas dificultades una coexistencia armónica, un diálogo mudo entre ella y las arañas, que por otra parte no debían significar molestias para los parroquianos y las escasas hembras del lugar, no demasiado destacables, ninguna que estuviera ni muy buena ni demasiado gastada, tampoco alcohólicas. No era público de borracheras ni pendencias. Tampoco parecía haber una particular predisposición al levante, por más que seguramente algunos cuerpos se sacudieran. Capaz que no, pero me imagino a una veterana que usa botas abajo del vaquero recibiendo los vergazos traseros de un tipo callado que siempre saluda muy formal. Los veo como dos máquinas que funcionan un poco rígidas, que todavía conservan la producción de jugos que hay que compartir. Con toda probabilidad, su función en la vida es activar mi fabulación por un rato, nada más.
No quise contradecir su pensamiento de que éramos una pareja con su hijo. Habría tenido que explicar cosas para las cuales nadie está preparado. De acuerdo con la tónica machista de la región, no tardaron en ofrecerme un trabajo en una plantación de mandioca cercana. Era una nueva muestra de generosidad que me ponía a sudar en unos campos de mandioca a unos kilómetros. La hospitalidad fue completa. Nos dieron una casita que era de un primo que había muerto hacía unos meses. Dijeron, dijo el marido de la mujer, que pagáramos cuando yo cobrara mi sueldo. Ofrecieron comida y apoyo. Fuimos invitados a la iglesia evangélica, a la cual empezamos a asistir con regularidad, de modo fervoroso de parte de Neusa y resignado de mi parte. Podría hasta el día de hoy reiterar los cantitos machacones al tiempo que recuerdo la gentileza puesta en mal lugar del pastor, que de algún modo percibió mi falta de compromiso para con el culto, en un lugar donde señoreaba el reino del jesús fabricado en la Zona Franca de Manaus. De hecho, llegó a encararme esgrimiendo reproches caritativos e inquiriendo veladamente acerca de mi fe, a lo cual respondí con la mayor y más callada de las contriciones de que fui capaz, actitud que repetí la segunda vez, cuando se puso insistente, el día en que decidí dar por terminado el asunto. Y se terminó. Fue la misma noche que, en el campo, uno de los hombres llevó una botellita de tiquira especial, hecha con las mejores mandiocas del país, traída de Maranhão especialmente por un primo de él que emigrara años atrás. Era azul y fuerte como un cielo de verano. Nunca fui bebedor de destilados, pero me dejé entonar un poco por ese producto de la tierra. Los más viejos empezaron a hablar de la leyenda de cómo se había descubierto la bebida a partir de la mandioca, cuando los indios descubrían la embriaguez de los pájaros al comer los frutos. El veterano que hablaba parecía entusiasmarse y acaparar la atención de los otros, que declinaban su palabra mansos a favor de la Josías, que así se llamaba el caboclo de cigarrito escaso abajo del bigote a tono. Siguió hacia atrás. Con las pausas de rigor, las respiraciones y las pitadas, contó la leyenda de la propia mandioca. Una mujer quedaba preñada sin que se le conociera hombre, lo cual despertaba la furia escrutadora de su padre, frente a lo cual la joven se mantenía firme en la tesis de su virgo intacto. Esto se le confirmaba al padre en un sueño donde aparecía un hombre blanco que avalaba los dichos de ella. ¿Habrían tenido los indios contacto ya con los primeros europeos o era otro Viracocha premonitorio? Lo cierto es que nació el niño, tan blanco como precozmente locuaz y rápidamente muerto al año de vida sin que mostrara signos de enfermedad. Fue enterrado y regado de acuerdo al rito, tras lo cual nació la planta, que habría recibido el nombre del niño, llamado Mani, a lo cual se le acrecentaba “oca”, que significa casa. La historia era mía. Sacudió mi vida, que arriesgaba a convertirse en la de un bruto que trabaja para mantener una familia que no es suya y que concurre a un culto que no le importa.
Se dispersó la reunión. Formamos una estrella con los caminos que tomamos. Proveníamos de diversos pueblitos que circundaban la plantación. Yo volvía solo, a unas horas de la noche que no acostumbraba, por lo cual caminaba de memoria, disfrutando los cantos de los pájaros de la noche, todavía en un semitrance que se rompió cuando escuché los lloriqueos y los ruegos de una niña. Venían de un árbol de tronco grande. A mí me quedaban de frente. El tipo había tomado la precaución de dejar el pueblo atrás del árbol y se sentía impune. Conocía a la niña, poco, pero sabía quién era. Y también tenía plena conciencia de quién era el abusador.
Me acerqué sigiloso como una onça, midiendo los pasos. Caí sobre el cuello del pastor.

domingo 18 de octubre de 2009

La enfermera (parte 24)

Le dije que no íbamos a quedarnos ahí en medio del monte, que nos dirigiríamos al pueblo que estaba cerca. Estaba asustada, pero no le quedaba otra opción que seguirme, entendiera o no. Otra vez caminaba entre árboles desconocidos, ahora con la sensación de ya haberlo hecho, no sólo por las anteriores excursiones sino porque me veía a mí mismo con una mujer y un niño desde arriba, me sobrevolaba desde el pasado. Recordaba a Iguaju hablándome, no, no me acordaba de él, estaba con él, Tatiane estaba ahí, también estaba Jacques, la oca, estaba por vomitarlo todo de nuevo, sabía que lo olvidaría todo y que también por momentos volvería la percepción de la ruta sin tiempo. Daba los pasos confiados del que ha ensayado la coreografía, evitaba sin dudarlo los lugares escabrosos, sin mayores trámites hallaba un trillo que con certeza llevaba hasta el pueblo por el mejor lugar. Era tan fácil que me daba tiempo para pensar cosas como que, si era así de fácil acertar la senda, por qué habíamos ido a dar con nuestros huesos al preciso lugar donde habría una balacera. Lo supe. Era la condición necesaria y eficiente para que saberlo en ese momento fuera posible, todos los pasos llevaban hasta las pisadas de ese momento, todos los pies del mundo caminan para seguir caminando. Neusa traía al niño en brazos. Yo venía mirando el suelo. Sentí que tenía que verle la cara, por eso fue que me di vuelta sin hacerlo. Miraba como Jano, para adelante y para atrás. Ella lloraba. Con mirar solamente no iba a hacer nada. Las lágrimas sonaban en silencio. Paré de caminar. “Alto” dije. La abracé y le di un beso en la frente. “Podés creerme que vas por el camino que tenés que ir” creo haber dicho. Puso una cara de extrañeza e incomprensión que me hizo preguntarme qué idioma habría hablado. La visión extrema tenía una confusa desventaja que se estaba haciendo evidente y era usar cualquier lengua. Dudaba de haber hablado en portugués, en guaraní o en alguna lengua muerta. Me faltaba algo todavía, un detalle que conocía de venida pero no de ida, un perfeccionamiento que sabía estaba más al norte en el tiempo. Una vez más, no sabía cómo volver a la sintonía “normal”. Miré a Tatiane y le pregunté qué tenía que hacer. Dijo “prestá atención”, para en seguida mostrarme un gesto lento que formaba un dibujo espiralado, como una llave suave. “Hacéselo en medio de los ojos”, agregó. Imité el movimiento sobre el entrecejo de Neusa. Una vibración llenó mi palma gradualmente antes de que ella relajara las facciones, dejara la congoja y sonriera.
-¿Me entendés ahora?
Mostró cara de “no”. De nuevo interrogué. Tatiane repitió el gesto que había indicado antes, nada más que ahora lo hacía sobre sus ojos. Decía que tenía que aplicármelo a mí mismo. Se despidió agitando la mano como las hojas de la seringueira con un viento razonable. Me senté al pie del árbol bajo la mirada atenta de Neusa, que esperaba como si supiera. Hice el gesto. En mi vista se fue desvaneciendo la cara de Tatiane. Sentí una caricia. La brisa me refrescaba el sudor que venía arrancándome el calor.
-¿Ahora?
-¿Ahora qué?
-Ta[1], me estás entendiendo. –dije sin que ella comprendiera el significado de mis palabras.
-No sé de qué me hablás, pero tengo hambre.
-El pueblo está ahí nomás.
Me hizo dar cuenta de que no era inmune al hambre. Hicieron falta entre cinco y diez minutos. Vimos las casas. Eran pocas, como si los habitantes hubieran quedado ahí perdidos a medio camino de algo. Las calles eran parte de tierra y el resto de unos adoquines inseguros. A pesar de eso, prevalecía cierta prolijidad tranquila. Empecé a saludar gente como si toda mi vida hubiera sido allí. Respondían amables, tal vez un poco desconcertados. Busqué la casa de la mujer de los niños. Estaba a la vuelta de la iglesia evangélica. No tenía puerta. Sólo había una cortina cuya función posiblemente fuera dar sombra y restar moscas. Golpeé las manos.

[1] N. del A.: En portugués es frecuente el uso de “tá” como adverbio afirmativo, de manera bastante análoga al uso que se hace en el español de Uruguay. Paulo dijo: “então tá, tu tá me entendendo”

sábado 17 de octubre de 2009

Dos libros a partir de la Feria del Libro de Maldonado

“Porrovideo”, de Jorge Alfonso, publicado por Hum Casa Editorial
El día en que llegué a vichar la feria del libro en la Plaza San Fernando, la semana pasada, saludé y quedé haciendo de retén en un puesto. Sin BPS. Cuando conseguí soltarme del yugo, avancé por la carpa blanca y larga que contenía las mesas de venta de libros hasta dar con Servando Valero, funcionario de una librería, fotógrafo, amigo y coeditor de RRR. Nos saludamos, comentamos sobre el libro de Alfonso Larrea –que todavía no he leído-, intercambiamos comentarios sobre la realidad y de repente hablamos de RRR. Lo interesante de la cuestión es que me señaló el puesto que estaba justo frente al suyo. Era el de Hum, una editorial de Montevideo que hace unos libros con una tapa muy linda y distintiva. Eso no es todo, claro, ya que los tipos parece que andan publicando cosas buenas. Aquí es donde digo mi ignorancia: no había leído ni uno de sus libros. Servando me dijo que estaban precisando alguien que laburara el puesto. Me quedé con ganas, pero ese fin de semana iba a Montevideo a ver por primera vez en unos seis años a un amigo con el que venimos manteniendo el mismo diálogo desde el 97. La cosa es que apareció Martín Fernández, hombre de Hum, con quien nos pusimos a conversar. Me identifiqué como antiguo empleado de Iscariote. Le manifesté todo lo que yo no sabía. Habló de sus libros editados. Tuve alguna alegría de la que hablaré después. Me negué a leer el libro del portugués Peixoto traducido al español. Soy cerrado en eso. Pero creo en las cagadas rojas como en el verso octosílabo. La diarrea de un pájaro impactó en mi cabeza despoblada, en la campera de lana del editor, en la tapa de Porrovideo. Abatió mi renuencia, por lo cual me llevé el tomito, que se me terminó revelando como muy entretenido. En los cuentos casi siempre hay animales, porros, amigos, alcohol y otras cosas. Casi siempre también el personaje se ve enfrentado a ambientes amenazantes o deprimentes, o a la estupidez, la desidia propia y ajena, etcétera. La prosa corre con mucha fluidez, sin que el narrador evite ninguna palabra sino más bien que las use con una naturalidad coloquial. Varios de los cuentos provocan un franco efecto. Se lee con una sonrisa siempre, con soltura, sin que se pierda de vista una mirada inteligente. El porro, no habrá novedades aquí, es el humo conductor en la ética y la estética. Es interesante además como fotografía de un colectivo numeroso de nuestra sociedad. La interrogante que me queda es: ¿cómo hace o hará Alfonso para escribir otra cosa? ¿Necesita variar? Ojo que igual leo otro.

“Un lugar lejano”, de Fernando Butazzoni, publicado por Planeta
Fue así. Mi librero catalán siempre esgrime libros cuando me ve. Supone que me interesa la literatura uruguaya y a veces tiene razón. El tipo fue mi patrón, además de que puedo anotarlo como amigo. Tenemos unas conversaciones de lo más interesantes. Es uno de esos locos que, me parece que un poco como yo, primero tiran bombas de excremento para probar los reflejos y las ataduras morales del interlocutor, esquivadas o resueltas las cuales se entabla una conversación inteligente y creativa. Como librero, es atípico. Insiste en prestarme libros, frente a lo cual me hago el digno y digo que no. Eso sucedió con “Un lugar lejano”, tomo en el que se basa una película homónima, por más datos. Le había gustado un detalle de la narración. Me lo quiso dar, me negué. Pero la cosa no quedó ahí porque una semana o dos después me lanza a bocajarro: “¿Cómo te ves para hablar de un libro en la plaza?” Se refería a la presentación que haría Butazzoni de la novela por él firmada, auspiciada por la Libros del Duende. Le contesté que mi vergüenza estaba perdida hacía tiempo, que si leía el libro no veía escollos en hablar de él. Consiguió prestármelo al fin. Lo leí rápido. Es breve. Un fotógrafo se va a morir de cáncer. Sueña o sabe una toma que necesita hacer. Para ello debe desplazarse a la ignota Manchuria, en la Patagonia helada. El lenguaje se adapta como guante al vacío del paisaje y el vaciamiento del personaje. La camioneta se le da vuelta e ingresa en lo que la trama luego poblará de dudas. ¿Quién era ella? ¿Qué era? Esa es el elemento virtuoso del argumento que Gerardo me decía. Nos generó toda una discusión posterior a la lectura. Ambos quedamos con preguntas, en los dos casos con respuestas distintas debidas a nuestros deseos. Quedó tan motivado con algún aspecto desconocido de la novela, que un día me llamó de noche para desplegar por medio de nuestros celulares un catálogo de narraciones ambientadas en la Patagonia. Buscaba similitudes, ponderaba el poder de un espacio vacío como territorio para la literatura. En definitiva, se trata de un libro que propicia las preguntas, que genera espacios blancos. Butazzoni no concurrió a la Feria del Libro de Maldonado.

viernes 16 de octubre de 2009

La enfermera (parte 23)


Lo difícil de la responsabilidad es la obligación de caminar para siempre inmediatamente después de haber aprendido que podías volar. Lo complicado de actuar naturalmente es aceptar el vaivén de la vida. En un momento estás por morir, al siguiente cumplís el sueño de todos los hombres y, sin mediar un agua va, te encontrás transformado en un animal de carga que no ha elegido ese propósito. La mujer se despierta y mira para todos lados. Descubre que la parrilla de su cama ya no hace de ella una brasa apavorada. Abre los ojos como hongos después de la lluvia, así le blanquean en la cara humífera. El niño. Lo ve y lo abraza en un acto de tropismo vegetal. Después de asegurarse de que el crío respira sanamente, sólo después de eso, recién ahí me mira con una mezcla de expresiones tan ajena a las definiciones como arcaica y comprensible.

Hago una quinta en el fondo de la casa. Acá en el pueblo todas las casas tienen algo de señorío hueco. El continente excede siempre al contenido. Los habitantes, casi sin excepción, somos algo así como unos pocos granos de arroz dentro de un mate hueco y musical que podría sacudirse pero está plantado entre las piedras, pudriéndose. Por eso es que ocupo sólo una escasa pieza de la casa. La que tiene el baño en suite. Se entra por un pasillo que abre posibilidades. Si se sigue derecho, se da a la cocina amplísima, que a su vez se comunica con el fondo por medio de una puerta, junto a la cual está la del baño número uno. Si, en cambio, se dobla a la izquierda por la arcada, hay un estar con estufa comunicado por medio de otro pasillo con los cuartos. La pintura muestra sucesivas capas verdes, rosadas, celestes. Cuando llegué, renuncié a pintar todo, al menos al principio, lo que equivalía a no hacerlo nunca. Me dije que la inversión sería desproporcionada y me concentré en el circuito que tenía previsto habitar, por lo que quedaron dos de los cuartos dejados a la acción del tiempo. Cal y a otra cosa. Con que haya un mínimo de higiene basta. Con la quinta ya es otra historia. Buena parte de mi energía se pone ahí, para que vuelva hecha hojas y raíces. Son parte de mi alimento, además de moneda de cambio para conseguir otras cosas. No tengo un trabajo, tal como se lo concibe en occidente. Sé que no es posible que me falte nada de lo que preciso. Sólo espero una cosa.

Se limitó a mirarme azorada. Le pregunté cómo estaba. Atinó a decir “bien”, pero más que nada como comprobando su sistema.
-¿Dónde estamos? ¿Quién sos? –fueron las preguntas que escupió.
-Soy Paulo, entré abajo de tu cama en el tiroteo…
-¿Pero cómo…
-La verdad es que salimos volando.
-No me tomes por tonta, decime dónde estamos, quiero volver a casa, ¿dónde está mi marido?
-Hubo un tiroteo, supongo que te acordás.
-Sí, todo por drogas, sabíamos que cualquier día venían y pasaba cualquier cosa pero, ¿qué hago aquí?
-Bueno, yo estaba en la lanchonete con unos amigos cuando apareció la camioneta. Me escapé para adentro y me tiré. Ahí estabas vos con él. De repente aparecieron con las ametralladoras. No me preguntes cómo pero salí volando por entre las caras de los tipos. Volé sobre São Paulo. Seguí volando hasta bajar acá. Seguro que no me creés nada de lo que digo, pero quiero que me creas que voy a tratar de que todo vaya bien, no te quiero hacer daño, no sé quién es tu marido, vamos a buscarlo.
Conseguí tranquilizarla. Se puso a llorar. La abracé para darle seguridad. Después de un rato se despertó el niño, que se llamaba Jonatas. Inevitablemente preguntó por el padre. La madre, Neusa, le dijo que pronto se encontrarían. La situación me transmitió angustia. Preví llantos. Quizá por eso desde ese momento sentí que debía asumir responsabilidad por esas vidas transplantadas. Supe unos días después que el marido había sido abatido, unos instantes antes de conocer que eso constituía un motivo de alivio para Neusa.

Bailé en la tierra como había aprendido a hacerlo con la música que ella tiene. Tuve que hacerlo a otro ritmo. No tenía nada que ver con mi edad sino con la melodía del suelo. Canté otras canciones después de comprobar que las de allá del norte tenían formas distintas a las de los terrones de las sierras. Gracias a eso he obtenido frutos que me mantienen vivo por una razón, que tiene bastante que ver con lo que me dijo la mujer.
-Todavía no me he muerto por una sola razón.

viernes 9 de octubre de 2009

La enfermera (parte 22)

Debí enfrentar un problema inesperado. Había escapado, había surcado una distancia enorme sin más que un poco de cansancio. Estaba ahí parado, con la sensación de que mi cuerpo era insignificante para lo que venía. De qué pueden servir las alas para presentarse como un viajero, de qué vale la sutileza para relacionarse con la gente. En todo caso, el silencio es el que puede ser útil, o por lo menos una actitud que deje lugar a que las personas crean que todo es más o menos como creen que debe ser. Entrar volando sólo podía dar lugar a la escena de los niños. La gente no toma en serio a las aves escapatorias. Tenía que cambiar sin saber cómo. Me inquietó la posibilidad de quedarme así para siempre, de llegar hasta la ventana de Tatiane y verla desnuda, y tener el recuerdo rapidísimo de la belleza, olvidarla para escapar de un gato, o morir arado por las garras del carnívoro, ser rápido y preciso para buscar la comida, tener por un siempre bastante corto los latidos rapidísimos. Si quedaba así, debería dejar de considerar al aire como un prodigio para verlo como un hábitat. El cambio no había sido fruto de la razón. El impulso me lanzó hacia arriba. Pensaba rapidísimo. Pero pensaba, que siempre es más pausado que el acto puro. Las pulsaciones bajaban de a poco en el suelo, bajaban al suelo. Me venía un sueño invasor. Y yo ahí abajo a merced de los gatos. Igual, tampoco iba a estar muy a salvo en las ramas si me dormía. Los párpados pesaban. El control sobre mis actos venía de un lugar que de chico no me habían enseñado a usar. No podía hacer más. Que fuera lo que fuera.

Acá en Aiguá tengo mucho tiempo para pensar. Las rutinas del pueblo ya son como el clima para mí. He recorrido el pueblo varias veces, de más de una forma. Si pudiera acreditar que he aprendido algo, eso sería que hay que apreciarlo todo como si fuera una obra de arte. A veces, el fragor del momento no lo permite, esa es la única razón de la existencia del tiempo. El pueblo es una talla interesante. Una maqueta tamaño familiar de una ciudad, con las calles bien anchas diseñadas por alguien que vivió en un futuro hasta ahora improbado. Previeron un desarrollo que no existió. Después hubo un intendente pródigo que adornó su cuna merced a las contribuciones de los argentinos. Un paseo hermoso con personajes lentos puestos en un teatro para espectadores pacientes. Como yo. Lo recorrí de mañana, cuando se levantan los laburantes un rato antes de que la helada se alce del nivel del suelo. Disfruté pisando los pastos quebradizos del frío de julio. Lo peiné con sistema, montado en el pedazo de bicicleta que llevaba años de desuso. Siguiendo un mapa, hice las paralelas primero y después las transversales. Soy capaz de prever con un escaso margen de error la cantidad de personas que bajan del ómnibus los martes, menos que los viernes. He hecho los recorridos al azar, doblando por capricho en noches de luna nueva como a las tres de la mañana, cuando casi todos están dormidos. Tuve la tentación de fisgonear como lo hacía el personaje del único cuento que me gustó de un autor que en general no recuerdo. Algunas veces lo hice un poco. La gente debe tenerme por el loco que pasea. Soy amable y educado. Mi ropa ha tenido que ser más o menos la de ellos por fuerza de meses y meses, más que nada en invierno ya que de allá no traje abrigo ninguno. He tenido la suerte de no generar resistencias u oposiciones. Si bien me observan como es lógico que suceda y del mismo modo que yo lo hago con ellos, me aceptan con naturalidad. No tienen un espíritu hosco. Conjeturo que deben haber tenido una historia bastante calma, imagino también que las calles anchas contribuyen a que el aire circule en las almas de la gente. Conozco un pueblo donde las dos cosas son a la inversa y es territorio fértil para los que buscan pelea. De a poco, la confianza va brotando. Lo hace como los ombúes, lento y firme. No tengo apuro. Me van contando historias, sobre todo en el bar, adonde de tanto en tanto voy a tomarme alguna. Son tiempos en los que se necesita equilibrio, así que no se puede ser fundamentalista. Meditar está bien pero hay que relajarse. Me llama la atención la forma en que me mira la dueña, que anda por encima de los noventa y despacha con eficiencia. La respetan como a un monumento verdadero. Debe saber muchas cosas que calla.

El sonido de los pájaros. No entiendo sus voces. Los latidos van más lentos, son una calma. Los gatos, no me puedo quedar aquí. La descarga de adrenalina me sienta. Una mujer está acostada en postura fetal, envolviendo a su vez a un niño que también está arrolladito. La mujer tiene cara de recién nacida. Supongo que eso me hace su madre o algo análogo. Pienso en que tengo que encontrar algo para decirles cuando se despierten. ¿Se habrán dado cuenta de algo? Respiro por mi nariz. Me palpo el cuerpo. Estoy un poco entumecido. Me desperezo como un gato.

Lo pienso mucho antes de escribirlo. Todo aquello a lo que uno da una forma definitiva se convierte en pieza de un puzle. Hago borradores antes de escribir el diario. El cuaderno es otro, no es el que me dio Tatiane en la BR116, que dejé de ver el día del tiroteo. Conseguí otro a la primera ocasión. Le hice un forro con una imagen de Ganesh. Recuerdo que fui a escribir y me dije que tenía que hacerlo con cuidado. Empecé con lo de los borradores, donde iba sacando cosas superfluas hasta que lo que quedaba escrito ahí era parco y cada vez más difícil de interpretar por cualquiera que no fuera ella o yo.
El otro día fui a tomar una cerveza al bar. Estaban los de siempre, uno más, uno menos. Sonaba la misma música tan intemporal como vieja. Sabina. Paco Ibáñez. A la mujer, que tiene ese nombre tan raro, le gustan los españoles se ve. Tiene los ojos descoloridos como el póster del quinquenio de Peñarol que acumula décadas. La diferencia era que parecía haber más luces prendidas que de costumbre. Raro, pensé, las lámparas eran las mismas. Las telarañas las hacían inconfundibles. Capaz que eso guardaba alguna razón con el hecho de que ella me llamara y me dijera algo a lo que busco forma para anotarlo en el cuaderno.

miércoles 7 de octubre de 2009

Patadas de chancho


Estoy desesperado. La campaña electoral carece de propuestas. Es por esa razón ineludible que, cual defensa desesperado que sale de la cueva a empujar al rival, salgo al ruedo. Además, sucede que encontré en un recoveco de mis archivos una colección de microcuentos provenientes de un tiempo anterior, en el que yo también escuchaba el discurso múltiple de los políticos. La publicación ya empezó. Tómese esta inaspirina una vez por día y verá que puede.

lunes 5 de octubre de 2009

La enfermera (21)

Celeste, gris, tejas, verde del campo, negro, blanco, caboclo, mestizo, alemán, japonés, indio, claro, dark, arcoiris, explosión, nada. Rojo, el color de nuestro interior es rojo. Nos haría bien tener la piel transparente, o ser albinos. El rosado de esas pieles es la mayor muestra física de sinceridad de la especie a la que solemos estar convencidos de que pertenecemos sin posibilidad de salida. Hermeto y Sivuca, habría que ser como ellos, pensaba en pleno vuelo. ¿Por qué me venía a acordar justo de esa tarde allá en el árbol? Mirábamos videos. Siempre alguien había bajado alguno. Al verlo no le di demasiada trascendencia al encuentro de los dos músicos albinos que venían del Nordeste. Se los veía reírse como niños, o sea, como adultos desnudos de los tintes borrosos que todos aprendemos a usar. Contaban que habían sido amigos desde el mismo momento en que se vieron. Se deben haber visto los interiores. Podía estarlo recordando porque, en esos momentos, yo era un ser múltiple de ojos adentro y afuera. Estaba en un momento contradictorio, porque cargaba con el peso de dos personas mientras era más liviano que nunca.
“Imagino que a eso te referías cuando me decías de esa sensación de las mujeres. La diferencia es que pesan más cuando están embarazadas. Capaz que nunca sabré por qué. De repente era una característica de los pájaros o quizá eran ellos, pero lo cierto es que era como tener un duelo de percusionistas adentro. ¿Te acordás de la vez que vimos a Naná Vasconcelos y a Ramiro Mussotto?”
Mi decisión nació de lo práctico y lo necesario. Tenía que irme. Mi camino continuaba hacia el norte, sin que tuviera siquiera necesidad de preguntarme por qué. Me iba a marchar. Sabía racionalmente que, en gran parte, les había hecho un favor sacándolos de abajo de esa cama. El marido había muerto en el tiroteo. Días después, consiguió llamar por teléfono y cortó llorando. La abracé para darle consuelo. El niño también lloraba, sin saber por qué. Estábamos bastante lejos de lo que era su casa, en distancia y en hojas. Nunca se había movido de São Paulo, por lo cual encontrarse en pleno mato con esa gente desconocida le aumentaba la ansiedad. Jamás supo cómo había llegado hasta ese lugar. Simplemente se despertó en una aldea. El crío todavía dormía. “Estás bien”, le dije en tono afirmativo. “Todo va a salir bien, no te preocupes.” Experimentaba la seguridad del que acaba de ser arrastrado con éxito por el viento, del que se deja llevar por un instinto migratorio que sabe imprescindible. De la misma forma que me alejé de São Paulo, puse el rumbo hacia algún lugar que terminó siendo una floresta subtropical, en la que se veía que habitaba gente. Paseé primero entre las casas, que vi pacíficas. Llegué a meterme en una, donde una mujer estaba con dos niños y ollas. Los gurises me persiguieron, querían agarrarme como es natural. Me gustó el lugar por lo que dijo la mujer.
-Ábranle la ventana, déjenlo.
-Pero mamá…
-¿Te gustaría que te agarrara un niño enorme, como de veinte metros de alto, sólo porque le erraste al camino?
No me había equivocado. Supe que era un lugar que me permitía abrigar esperanzas, por más que no tuviera la más remota idea de por qué me sentía optimista, ni cuáles serían nuestras posibilidades. Pude haber salido por el mismo lugar por donde había entrado, pero elegí hacerlo por la ventana que abrió uno de los niños. Salí hacia el bosque cerrado.
Busqué un claro. Vigilé convenientemente la zona por si había depredadores. Después de asegurarme, me paré abajo de un árbol.

viernes 2 de octubre de 2009

Vou pro Rio

Hoje eu ia escrever, como faço todas as sextas-feiras, o meu romance por capítulos. Mas tive que ir cobrar o meu salário, o que virou uma viagem, já que só consegui fazê-lo no terceiro caixa. No primeiro, tinha uma multidão. No segundo, estava até o prefeito Óscar Joe de los Santos na fila. Até pensei em pedir para ele que arrumem o nome da minha rua e da rua da esquina (os bestas botaram "Francisco Spínola" e "Emilio Frugone"). Já imaginou um cara querendo ser escritor num bairro que tem escritores nos nomes das ruas, mas errados? Mas não falei nada pro Óscar. Eu fui até o supermercado aquele grandão, onde enfim pude pegar a minha grana e, como prêmio especial, me encontrar com a minha segunda aluna, a Hellen, que já fez 21 anos e fez um curso de aeromoça. "Espero te encontrar num avião" foi o que falei para ela quando nos despedimos. E agora mais do que nunca quero que aconteça isso, porque o Rio de Janeiro foi eleito para sediar as Olimpíadas de 2016. Coisa que me fez sentir uma alegria imensa que, admito, me fez chorar.